CADA MAESTRITO
Le va a faltar brasa a ese asado, me dijo con aire canchero apenas me vio en el patio junto a la churrasquera. Cuando se acercó, pude doblarlo con un certero y profundo puntazo del cuchillo en el estómago; el trinchete que tenía en la mano izquierda me sirvió para pincharlo en la cara todavía sonriente en forma repetida; finalmente, el hacha de mano, muy bien afilada, me permitió separar sus miembros y cabeza con certeros y potentes golpes.
—No se preocupe suegro, le pongo unos palitos más y listo…
