Esta tarde de febrero ha decidido demorarse acariciando mi patio. El horno olvidado me trae caprichosamente el sabor húmedo de un lejano pan. (Sentada aquí mismo, Madre confiaba sin dudar que no faltara). Prepotente, una brisa zamarrea algunas hojas del parral y va empujando esta tibieza. (Sentado aquí mismo, Padre leía los eternos desórdenes del mundo). Con puntualidad, han llamado a la puerta. Mis ojos se abren y los racimos vigorosos me imponen su morado. Mientras levanto la copa y consigo un generoso trago, me voy animando a la chispa del saludo nuevo.
