El derecho a escapar

I.
Ella ha percibido el sufrimiento del viejo. Pero también ha visto su empeño y dedicación. Le atrae sobre todo el reflejo producto de su trabajo. Se conmueve y se reconforta porque alguien la honra con esa dedicación, con esas terminaciones. Por eso, cuando lo ve abocado a su tarea, lo ayuda. Por eso, cuando lo encuentra empeñado en la labor, lo ilumina con su brillo. ¡Esa platería tan bruñida!
II.
Hoy no lo ha podido ubicar. Intenta con su disco lleno atraer su atención. Él siempre levanta la vista para mirarla. Pero él ha huido, dejando atrás a su hijo tendido en ese suelo. Vástago que no podrá continuar con su tradición manual. Patria que ya no sabe si es suya.
III.
Instalado en el campamento, el anciano se consuela con el nieto. Es muy pequeño y sólo exige algunas piedras y compañía para jugar.
Al anochecer, ha vuelto a poner sus ojos en el cielo. Ella está ahí, tan enorme, tan quieta, tan reluciente. Se pregunta cuántos habrá mirándola también. Cómodamente, en sus casas. Tomados de la mano tal vez.
Lo distraen unos murmullos cercanos. Ha creído entender que las provisiones están a punto de arribar. Pan y medicamentos.
Sabe que el niño está ya dormido y aunque no ha podido todavía contestarle cuándo volverá su padre, siente una mezquina tranquilidad. Sin más nada para decirse, el veterano platero se adormece reteniendo en su memoria una lejana sonrisa y el ancestral nombre que aún lleva.
IV.
La luna no volverá a brillar para él. Caminos y puentes se han desdibujado en obstáculos. Los bombardeos llegarán antes que la ayuda humanitaria.


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