“Poesía… eres tú”, define desde un marcado y preciso romanticismo la Rima XXI. Aunque durante siglos y en diversas culturas no aparece en forma explícita el incómodo interrogante que nos convoca, han pasado muchos versos bajo el puente desde Bécquer. Y nos seguimos haciendo la pregunta al respecto: los que no leen, los que leemos y, por supuesto, los que escribimos. Esto más allá de la afirmación de Matta, que sostenía que la poesía da las respuestas a las preguntas que no nos hacemos.
Así y todo, los críticos y especialistas siguen firmes indagando no sólo qué cosa es o para qué sirve la poesía sino cuál sería su función.
Antonio Machado a su manera ya adelantaba algo cuando desde “Proverbios y cantares” aseguraba que las coplas debían terminar siendo cantadas por el pueblo; que esa era la gloria del poeta. Concepto coincidente con el de nuestro Tejada Gómez que sentía que había cumplido con su deber cuando escuchaba en la voz de algún paisano una de sus canciones.
Y aquí aparece un elemento distintivo: el de la época. A la preguntita susodicha –y también a la contestación- no le queda más remedio que estar atada a determinado contexto, a puntuales demandas y necesidades. Se vean claramente o no. No se puede escapar de ellas porque es la presente contemporaneidad, el lugarcito del entorno, el cual siempre es condicionante. Las urgencias de los tiempos van dando formas a las experiencias humanas. Entre ellas el arte. Entre ellas, la poesía.
Pero más allá de esta interrogación retórica, de esta indagatoria recurrente, de la enorme cantidad de poetas, ensayistas y escritores de diversa geografía que se han acercado al tema, me gustaría convocar aquí a nuestro Ricardo Tudela, y a uno de sus libros de ensayos, “Ventanales de la conciencia humana”, pues allí desarrolló un concepto más que original. Por supuesto, destino inevitable, sus escritos estuvieron también atrapados por el momento que se vivía, por los reclamos de una realidad que ya entonces se hacía acuciante. Por eso creía en recuperar la espiritualidad que permitiera la salvación del hombre. Y ahí aparecía con todo su esplendor esa particular epifanía a la que él recurría para tal fin: la función salvífica de la poesía. Podrá parecernos más o menos idealista, más o menos práctico y posible de llevar a cabo, pero era el resultado casi desesperado de una búsqueda más que necesaria.
Intentando cerrar el siempre abierto tema, oigamos el consejo de León Felipe:
Deshaced ese verso.
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma.
Aventad las palabras,
y si después queda algo todavía,
eso
será la poesía.
Sigamos pues escribiendo poesía. Ya sean un gozo cotidiano, las alegrías pasajeras, el sufrimiento, las injusticias y la ilusión insegura de lo porvenir quienes la muevan. Porque al parecer, eso es lo que husmea siempre la poesía. Con esos elementos nutre su condición y justifica su existencia, escamoteándonos la respuesta que buscamos, para volvernos a dejar con la incertidumbre.
