LA LUCIDEZ DE LA INOCENCIA
Lo estaban felicitando porque pasaría a primer grado. Había terminado un ciclo de su educación inicial y ahora empezaría otro. Pero Angelito lloraba. Había entendido muchas cosas durante su formación en salita de cuatro y en salita de cinco. Pudo jugar, cantar, dibujar, pintar, correr. Pudo conocer las letras. Enormes, recortadas en cartulina, coloreadas y pegadas en la pared. Todas con distintas caritas. Con ellas aprendería, según le aseguraron, a leer. Esperaba ansioso ese momento, ya que había escuchado atentamente, como hipnotizado, las lecturas en voz alta de la señorita Alicia. Ella contaba maravillas desde libros llenos de dibujos de animalitos y plantitas que hablaban. El pequeño intuía que ahora perdería toda esa magia.
Por eso, lloraba. Casi sin consuelo. Ante el asombro de sus padres y de las maestras que no podían entender que él no quería pasar a primer grado. Él quería pasar a salita de seis.
