Apenas lo vi, quedé obligado a leerlo. Fue en una sala de espera de una óptica. Hasta allí había ido a probarme los primeros adminículos que corregirían mi visión: unos modernos lentes de contacto blandos. La única decoración de ese lugar era un afiche pegado a un panel colgado finalmente de la pared. Podía verse ahí un básico paisaje formado por un horizonte disparejo por donde asomaba un tímido sol. Todo en tonos muy leves: imperaban el amarillo, el naranja claro y un rojo apagado y lo necesariamente intenso. Sobre esa escueta pintura, estaba el poema. En una fuerte letra de palo seco. Lo leí una vez y me pareció “bonito”. Como seguía esperando mi turno, volví a leerlo. Y una y otra vez. Tantas que lo terminé memorizando. Aquel día salí viendo mucho mejor y con un suvenir para el espíritu.
Un gran poeta dijo una vez refiriéndose a un famoso poema que era un texto “pedestre y santurrón”. Salvando las distancias creo que este es el caso. Pero por alguna aún más oculta razón que la evidente, seguí conservándolo todos estos años. Todavía lo tengo escrito con mi primera Olivetti portátil en un papel más amarillo que el fondo de aquel lejano afiche.
Aquí tenéis pues, lectores, un escrito recordado con benevolencia y que habla de las cosas en las que algunos necesitan creer.
Yo creo que por cada gota de lluvia que cae
crece una flor.
Yo creo que en algún lugar de la noche más oscura
una vela titila.
Yo creo que por cada uno que yerra el sendero
alguien vendrá para indicárselo.
Yo creo que a través de la tormenta
la más pequeña plegaria aún podrá oírse.
Yo creo que alguien en el gran infinito
escucha todas las palabras.
Cada vez que oigo el llanto de un recién nacido
o toco una hoja
o veo el cielo,
entonces sé por qué
yo creo.
E. DRAKE
