Un poeta y crítico francés escribió sobre esta obra que hoy aquí arrimo: “Desde el mito de Sísifo, desde Prometeo, la piedra no había vuelto a cobrar, en literatura, tan profunda dimensión metafísica”. Muchos otros dijeron que su particular estética anticipó y marcó las mejores composiciones del famoso vate trasandino que luego transcendería fronteras y generaciones.
Cuando allá por los ochenta me llevé por delante estos elogiados versos, producto de los consejos de la familia de un amigo de juventud, no pude escapar al impacto: imágenes, comparaciones, metáforas, alusiones y toda una gama de recursos que no hacían otra cosa que recrear la más vieja ambientación a la que los habitantes de este suelo indudablemente pertenecemos.
Oh lira de los huesos llena de abejas tristes de la sangre,
la mano del arpegio se cierne hasta el tañido,
demora un aleteo confuso de presagio
su mariposa abierta recóndita en mi polen,
acá, donde gajo a gajo estalla orquídeas el delirio,
acá, donde el limbo devora una a una mis luciérnagas.
CON la piedra en la frente,
el hombre cumple ciclos de soledad,
remonta una vejez inmóvil que no tiene cifra.
Donde su luz no alcanza,
el corazón oficia como ciego lúcido:
tembloroso, sonámbulo,
a tientas entre signos que soplan un nombre de tiniebla.
Hasta la última soledad.
La que no se penetra a pesar de la acústica y cilicio,
perpetua cúspide a sí misma inaccesible,
cifra total que integra su infinito solo,
donde el acorde se realiza,
donde canta -lo escucho-,
la piedra canta un solo de eternidad y de silencio.
(FRAGMENTO DE “PIEDRA INFINITA”, de Jorge Enrique Ramponi)
