Los locos de la feria

(Cualquier parecido con alguna realidad no es pura casualidad)

Para confirmar el viejo adagio que dice que la realidad supera a la fantasía es que intentaré transcribir aquí los hechos acontecidos un sábado del último y caluroso verano en un populoso barrio del oeste del departamento de Las Heras. Juro que lo que llevaré a cuento es la más pura de las verdades y que cualquier agregado que se me pudiera achacar sería poco comparado con lo que realmente ocurrió.
Sucedió en el Valle de Hualilán, prestigiado en otras épocas por pacíficos aborígenes que le dieron buen nombre al lugar. Contrariamente, los actuales habitantes vienen poniendo sus mejores empeños en eliminar todo rastro de urbanidad, civilización e inclusive buena vecindad, cosas que no pueden ser precisamente achacadas a los gobiernos centrales de turno.
Cuando se juntaron por primera vez en la casa de la Malenca, confluyeron casi por accidente viejos militantes de diverso pelaje y compromiso, soñadores más o menos utopistas, activistas vecinales de variados intereses, pacifistas, defensores de una y otra causa y toda una larga lista de arregladores del mundo ajeno. El motivo de la juntada había sido el mediático “¡Que se vayan todos!”, esa particular situación con la cual nuestro país le dio la bienvenida al venturoso nuevo milenio recién comenzado. El eslogan cobró rápidamente millones de adeptos por todo el país, entre ellos los propios destinatarios del mismo, que se afanaban en ponerse del lado de los reclamantes y así seguir astutamente ganando espacios, que es lo único que saben ganarse porque todo lo demás lo adquieren indecorosamente.
Bueno, volviendo a la mentada primera reunión, digamos que de movida nomás y con la experiencia de largos años de inútil experiencia, alguno tiró –como siempre- la primera piedra y propuso con la pompa propia de estos casos “hacer algo más concreto”.
Sí, porque pedir que se vayan todos es medio ilusorio: porque no va a quedar nadie, porque ninguno quiere ser el primero en irse, porque “quiénes son todos”, porque que se vayan a dónde y una larga lista de indefiniciones.
Y ahí nomás surgió la idea de la feria. Sí, una feria artesanal. “Como la que hicieron en el Barrio Civit Vélez, aquí también en Las Heras, que ya lleva un montón de años y en donde hacen de todo”, se dijo con convicción.
Ese mismo fin de semana, se armaron con tablones, caballetes y manteles y como si fueran a la guerra se plantaron en una de las esquinas de la plaza barrial. Y que viniera alguien a querer sacarlos. Esa primera exposición –llena de adornos, pulseritas, collarcitos, pañuelitos- se fue completando con el transcurrir de los días con el aporte de numerosos creativos del lugar que le agregaron no sólo cantidad al evento sino también un buen colorido, cosa imprescindible por supuesto en toda feria que se precie.
Y así se fue arrimando gente, entre curiosos, interesados e indiferentes.
Y no faltó el que se acercó con un ánimo meramente comercial: el de los choripanes. Sí, el eterno infaltable en todo evento callejero, el que aporta su cuota gastronómica y hace delirar a los concurrentes con ese prosaico pero irresistible olorcito a chorizo a la parrilla.
El Tuti es un gordito buena onda y enseguida se hizo amigo del grupo de artesanos que sin embargo comenzaron a mirarlo con cierta envidia, porque desde el primer día que se instaló vendía, vendía, vendía y vendía.
Pero en fin, como la plaza es pública, dijeron, por lo menos alguien se lleva unos mangos de todo esto que se ha armado.
El día en cuestión, y mientras discutían dónde colocar un cartel tipo pasacalle que identificaba a la movida artesanal, cayó bastante gente, entre feriantes y público en general. La venta pintaba por fin como buena.
Con el correr de los minutos, el Tuti no daba abasto a pesar de la ayuda de mujer e hijo; los artesanos en tanto, seguían mirándose la cara y charlando sobre la teoría del buey perdido.
Y mientras el gentío se hacía cada vez mayor, los chorizos se hacían cada vez menos y hubo que traer más. La clientela se agolpaba alrededor del carrito que seguía sin dar abasto.
Y entonces fue cuando ocurrió lo inesperado.
—¡Aquí falta un chori! ¡Me falta un chori! —gritaba con seguridad y firmeza el Tuti.
Todos callaron, se dieron vuelta automáticamente y depositaron su vista en el dueño de los vernáculos emparedados.
—Alguien me sacó el chori que estaba listo, completo y con gaseosa —aseguró muy firme.
—Se lo habrá llevado alguno. Ya lo pagará. —comentó alguien con el habitual tono conciliador de estos casos.
—No, yo me di vuelta y ya no estaba. Tenía diez casi listos y estaba despachando y ahora son nueve… —volvió a asegurar con firmeza el Tuti.
—Pero no, seguro que contaste mal —agregó uno que tenía más confianza con el damnificado.
El afectado miró con una cara hasta ese momento desconocida por la concurrencia y espetó sin cambiar por ello sus facciones:
—Seguro que fue uno de ustedes, algún muerto de hambre…
¡Para qué! Al toque nomás comenzaron las respuestas en creciente tono recriminatorio, ofensivo y descalificador. Y ya se fueron agolpando todos los artesanos en torno del gastronómico y amigos, y a escasos momentos ya no se podía oír lo que cada uno decía, no se podía distinguir quién es el que gritaba más fuerte, quién es el que trataba –si es que había alguien- de calmar los ánimos (también gritando, por supuesto), quién fue el que comenzó a empujar ni quién fue el que sacó el primer manotazo.
Lo que sí pudo verse, distinguirse y presenciar claramente fue la batahola, el zafarrancho, el pandemonium que se armó: todos empujaban, tiraban golpes de puño y gritaban al unísono.

Mientras esto ocurría, a escasos metros del lugar del lío, apoyados en el tronco de un árbol, dos individuos hacían este comentario:
—Esto le pasa a mi viejo por meterse en política… —dijo el más joven.
—Es que estas cosas de vecinos siempre terminan así… —agregó el otro, de escasos pelos.
Mientras, se comían la mitad de un choripán cada uno.
En esa semana, en el periódico del barrio –que tituló el caso como “El choreo del chori”-, en la radio del barrio, en los negocios del barrio, no se hablaba de otra cosa que del desbarajuste en la plaza.
Finalmente, los comprometidos habían obtenido el protagonismo que buscaban.

2 comentarios sobre “Los locos de la feria

  1. Mis felicitaciones al escritor!!!

    A pesar de lo gracioso que es al leerlo, también da tristeza, porque es parte de la realidad que se vive en nuestra Argentina amada, un país lleno de riquezas con la que toda la población que la habita podría vivir más que bien. Es una verdadera lástima y a la vez vergonzoso.

    Pero eso no va a cambiar hasta el día en que la sociedad no aprenda a no dejarse pisotear por la política nefasta y corrupta que nos dirige.

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