Los cuentos que contaba la abuela de Martín eran buenos. Yo los recuerdo con mucho cariño. Ponía dedicación y esmero en cada uno de los libros que elegía. Después desplegaba un interminable número de recursos teatrales, con su correspondiente animación, gracias a la cual conseguía crear un clima especial, del que seguramente nosotros, niños entonces, éramos cómplices.
Nos juntábamos bastante seguido en la casa de nuestro amigo a tomar la media tarde, que su mamá nos hacía ya sin preguntarnos, y que acompañaba infaltablemente con algún dulce casero y galletitas que siempre alcanzaban para toda nuestra hambre, esa que aparecía demandante como producto inevitable de haber jugado, de haber andado derrochando energía por ahí.
A tomar la leche, decía doña Eleonora, y volábamos, volábamos hacia la mesa que nos esperaba. Y recordábamos, recordábamos con la boca llena las hazañas, las derrotas o las corridas provocadas por algunos retos de vecinos enojados. Esos relatos sonaban mucho más magníficos en la repetición de lo que habían sido sólo algunos momentos antes. Esa posterior imaginación era un agitado reflejo de la desparramada en la aventura callejera.
Una vez terminado ese primer y necesario acto, nos aguardaba el siguiente, que se iba adueñando de nuestra otra ansiedad, esa que aparecía después de la material, la que habíamos satisfecho con las tazas, los vasos y los platos repletos de colores, aromas y sabores.
Se tomaba su tiempo la abuela, pero nunca nos dejaba con hambre. Estaba ahí como al acecho sabiendo que nosotros exigiríamos, si ella no aparecía con el libro de turno en la mano, nuestra historia vespertina. Y luego de aclarar su voz aguda pero profunda, que hacía las veces de llamado de atención, empezaba a recorrer las líneas impresas en el papel con maquinadas interrupciones que usaba para explicar, para agregar, para reforzar los ademanes con los que completaba las leyendas, los relatos y las fantasías que desbordaban de la narración.
Eran cortos, eran contundentes, no había muchas veces demasiada lectura. No nos aburríamos ni nos distraíamos, aunque en más de una oportunidad gritábamos, aplaudíamos, nos asombrábamos, nos sorprendíamos ante algo inesperado.
Nunca faltaron los piratas, los genios dentro de una lámpara, los sapos que se convertían en príncipes, las serpientes que hablaban, los viajes a tierras que no conocíamos, los esforzados trabajos de lejanos héroes.
En ese entonces para nosotros todo ese universo era verdadero. Todos esos personajes y episodios que intentábamos imitar y hasta pretenciosamente mejorar en las andanzas de nuestras eternas siestas eran en aquel mágico tiempo más que reales, porque salían de esas ansiosas páginas.
Por eso, no podré olvidar aquella tarde en la que al Germán se le ocurrió cuestionar lo que la abuela había empezado a contar. Fue instantáneo el ponernos mal y enojarnos. Más porque al Germán lo había invitado no sé quién justo ese día. O sea, era nuevito y sin bien mucho no tenía que entender de qué se trataba lo de cuentacuentos, debió haberse callado. Pero no, abrió su bocota y lo hizo diciendo una cosa que nos sorprendió a todos. Y después del silencio producido por el asombro sobrevino la duda.
—¿Quién te dijo a vos que esa historia es mentira?
—Es que no existen, pibe… —aseguró con total firmeza—. Me lo dijo mi hermano mayor, el que va a la secundaria. Y si algo no existe entonces es mentira.
—Pero nosotros… —afirmé yo a esta altura con lo que me quedaba de convicción, antes de que el Germán me interrumpiera.
—Te digo que no existen… —repitió insistentemente.
–¿Y entonces quién…? —alcanzó a decir Martín, también antes de que su abuela lo interrumpiera.
–Chicos… Yo llevo muchos, muchos años esperándolos y siempre vienen. Aún después de haber dejado de ser niña. Si uno no pierde los sueños y las ilusiones, siempre llegan, siempre a tiempo y a todo lugar… Ellos siempre aparecen…
El que no apareció más fue Germán, a pesar de que la abuela de Martín lo invitó especialmente para la siguiente ocasión.
Lo que tampoco olvidaré es que a los pocos días, tuvimos un atardecer y no tuvimos cuentos. En silencio, el Gastón trajo un libro y se puso a hojear un rato, mientras que los demás, sin saber qué hacer, sólo llorábamos, llorábamos como corresponde.
Algunos años después, supimos que la abuela de Martín nunca había aprendido a leer.
