Incierta confianza

Diremos para empezar que ella no lo quiere a él hace bastante tiempo. Eso se ve en las actitudes, en las respuestas y, sobre todo, –esto lo sospechamos con certeza– en la intimidad. Anda con otro, dirán ya seguramente las vecinas. Y es así que por ahí no sorprenderá tanto lo que ocurrirá. Ella ha ido comentando con cuidado en tono de broma que, donde está terminando la tecnicatura, hay un profesor –al que llama por su nombre en diminutivo– que le sonríe, que parece más joven de lo que es, que está soltero. El marido, suponemos sin error, es bastante celoso, algo machista para la época y mayor que ella. Esto último quizá justifique sus atributos anteriores. Cada dos por tres, nuestros dos personajes arman casi la misma situación. Para ser más exactos, montan la misma escena. Ella repitiendo esto del docente que ahora conocemos. Y lo hace la mayoría de las veces en presencia de público, dentro y fuera de su casa. Él responde una y otra vez con el silencio.
Acumuladas las jornadas con estos montajes, se fueron juntando en el esposo un poco la bronca por los atrevimientos sufridos, otro poco la vergüenza ajena e, inevitablemente, el amor propio ese que sostiene los celos. Y el tipo ha entrado en estado de duda, en modo confusión. Y ha empezado a imaginar cosas. Primero, algunas posibles escenas en donde los protagonistas son la parejita consabida. En situaciones cada vez más audaces, más insolentes. Luego, a pensar que esta situación hay que arreglarla como se debe hacer en estos casos. Descartó eso de vigilarla y andarla siguiendo. Hay que solucionarlo como corresponde, se dijo para darse ánimo.
Ese día se encontraba solo, ya que ella estaba ya sabemos dónde. Y pronto debería volver. Le cruzó un chispazo de idea que se fue transformando en un pequeño y frío resplandor. Después, en un caliente fuego y, finalmente, en casi una explosión que le iluminó todo el recorrido hasta que encontró y sacó la vieja y clásica navaja y decidió con firme convicción… afeitarse la barba para no parecer tan viejo.

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