Belleza en la decrepitud:
confusos tonos cromáticos,
musical evidencia no escuchada,
seguramente aromas que se despiden
y que nosotros no podemos percibir.
Brinda así la naturaleza su elíptica
clase vespertina de eternidad.
En forma casi gratuita.
Sólo nos pide un poco de respeto,
un mínimo instante de silencio y atención.
Nos reclamará luego el olvido,
para que todo ese acto acabe
teniendo sentido y propósito
y pueda con total indiferencia
volver a repetirse.
