I.
No veo nada más intrascendente e insoportable que los excesivos y repetidos comentarios hechos por casi todo el mundo después de volver del hipermercado…
—¿Y qué…? ¿Te vas a poner a hablar de filosofía, de literatura… de política? ¿Para qué? Si no le interesa a nadie. Además, nada tiene arreglo…
Mientras abro los ojos para demostrar mi sorpresa, pasa a mi lado una señora que se me adelanta con pasos largos para entrar antes que yo al complejo de ventas más grande de la ciudad, con un celular en su mano derecha y un elegante carrito verde en su izquierda. No sé con quién dialogaba, pero sin saberlo me había contestado a mí.
Yo venía ensimismado dando lentos pasos en forma descuidada, casi a punto de pensar en voz alta, luego de haber estado cavilando en ese y otros razonamientos previos. El más importante de los cuales tenía que ver con la misión de describir un paseo por ese icónico lugar de compras, labor encomendada por una revista cultural con la que recientemente colaboro. La encontré mientras husmeaba por internet intentando hallar algunas páginas interesantes. También encontré allí a un viejo amigo de la juventud, creador de la mencionada publicación. Comentarios que van, réplicas que vienen y sin mucho trámite me propuso que le escribiera algo para la siguiente edición. “Uno de esos análisis como los que hacías en la facultad”, me dijo, utilizando la esperable nostalgia que todo momento como este no puede evitar. “¿Te acordás cuando estudiábamos la crítica al posmodernismo y la globalización? Andate al híper ese, el más grande de ciudad, y te escribís una crónica. Tenemos una sección de actualidad con ese formato”. Le comento mi parecer al respecto: que me resultan banales los comentarios acerca de cualquier cosa que se haga en esos lugares. “Con más razón”, me contesta, y me aconseja que sigamos la charla por una de esas aplicaciones de celular que usa todo el mundo. “Porque por aquí es más lerdo. Por el Whatsapp es más práctico”, fue lo último que me mandó por la casilla de mensajes de la página de la revista digital. Me vi obligado pues a seguir su recomendación e instalar la famosa red de contactos, cosa que me llevó unas cuantas y aburridas horas, ya que en el proceso estuve más en modo distracción que en modo predisposición.
Ahí nomás, se me vino a la cabeza que antes las charlas intranscendentes hacían referencias a las extraordinarias bondades del último modelo de teléfono celular que había aparecido y que siempre algún pariente o conocido había comprado y no se cansaba de elogiar, desplegando una interminable serie de botones y teclas que no volvería a ocupar jamás. “Sí, ya sé… lo del juguete nuevo. Pero eso ya fue… esto es otra cosa…”, argumentó mi amigo, cuando se lo comenté en el siguiente contacto. Yo insistí: “Es así, porque además nadie hace comentarios del mismo tipo cuando va a la verdulería o panadería del barrio, por lo menos no con el mismo énfasis, con el mismo nivel de importancia”. Como respuesta, recibí un: “Escribite todo eso entonces. Es para esta semana. Me lo mandás a mi celu, lo miro y listo”, me dijo a modo de despedida. No acudieron mis ganas de oponer resistencia, por lo que fue suficiente ese esfuerzo para convencerme.
Sin demasiada expectativa intenté rápidamente elegir un día y horario para encaminarme y cumplir con la campaña a la que me había comprometido.
II.
Luego del breve intercambio de opiniones con la apurada señora, continúo mi marcha decidido hacia la entrada y tomo un carrito para ir poniéndome a tono. En una de esas consigo sentirme parte, me digo no muy convencido. Mientras voy avanzando, alguien coloca delante de mi cara un folleto de ofertas, que tiene un cupón con un número… Hay un concurso, me dice la promotora. Es un sorteo por día, me asegura como animándome.
Ya adentro voy inevitablemente mirando, voy recorriendo, voy escuchando los comentarios de otros compradores. Empiezo casi sin darme cuenta a comparar etiquetas, a mirar marcas…
Recuerdo que en estos lugares es escaso el diálogo y que mucha gente va decidida a perder más tiempo del disponible por unos pocos pesos, ya que hay aire acondicionado en verano y calefacción en invierno. No me olvido, por supuesto, que casi siempre estamos en crisis y hablamos permanentemente de lo caro que están la papa o el detergente, y que cuando encontramos alguna oferta tentadora, no podemos dejar de compartirlo.
Voy dando lentos pasos, intentando prestar atención a lo que ocurre a mi alrededor. Más allá de que pueda contar todo esto, tengo que poder sacar alguna conclusión interesante, que sea digna de publicar, me digo. O tal vez, confirmar o desmentir alguna cosa al respecto. Estaba pues en estas mis cavilaciones, cuando de pronto, escucho por el altoparlante una machacona voz que avisa del inminente sorteo, dando detalles y características del artículo de que se trata… Para mi sorpresa, la suerte me favorece. “Ese es mi número”, digo en voz alta con un entusiasmo que me sorprendió. Justo en ese momento, la señora que entró antes que yo y que ya tenía el changuito lleno mira el mío vacío con cara de no entender nada. La niña que va adelante del atestado vehículo se da vueltas y le dice a su madre que el que acabo de ganar es el juguete que pensaba pedir para su cumpleaños. Por el mismo altoparlante, la misma voz machacona indica que luego de pasar por caja, los ganadores deben llevar el folleto a la sección Administración y Ventas en donde sacarán unas fotos mientras entregan los premios respectivos.
Sin perder de vista el objetivo que me había traído hasta este lugar y a pesar de la fortuna, aprovecho y hago un par de compras obvias para alguien que vive solo y no tiene nada para comer justo esa noche. Espacio final del día que dedicaré a tomar notas de estos actos. Que son más intrascendentes que los mismos, me repito. Pero las promesas hechas a los amigos hay que cumplirlas.
Reflexiones van, cavilaciones vienen y de pronto me encuentro haciendo la interminable y lenta cola para pagar. Instalado sin otra opción, aprovecho y observo que la enorme cantidad de gente a mi alrededor acepta con resignación estoica la espera. No puede ser de otra manera, me digo nuevamente. Como siento que estoy perdiendo el tiempo, intento darle alguna utilidad a la obligada circunstancia y le echo otra mirada al lugar con forzada atención. Los clientes miran, miran y miran como con unción las mercancías acomodadas muy geométricamente. Es como un templo. Todo lleno de miles y miles de artículos de la más inimaginable variedad… Recuerdo entonces aquello de que para ser ciudadanos hay que ser consumidores. Aparece también el concepto de la diferencia de clases. Vieja afirmación que no sé muy bien cómo encaja aquí…
Sigo juntando ideas para el escrito y voy agregando algunas. Seguramente me servirán. Como aquella de que también en tiempos idos, fueron otros y más importantes los artículos que representaban estatus. Además, mucha de la mercadería que ofrecen estos grandes centros está más baratas y a mano en los negocios de barrio… Me doy cuenta entonces, que se va justificando el artículo, pues por lo que parece algunas cosas han ido cambiando. Tal vez deba preguntarme si para bien…
Voy así ordenando en mi cabeza parte del texto que tendré que escribir. Una vez más, mis pensamientos son interrumpidos. En esta ocasión, por una impersonal voz que ordena “pase el que sigue…”.
III.
Cuando voy cruzando la playa de estacionamiento, y más allá de que sigo creyendo que la Sarlo y el Sebreli tenían razón, pienso en lo baratas que estaban las milanesas de pollo y la ensalada jardinera enlatada que llevo dentro de mi bolsa ecológica. Pero mi oculta satisfacción es que en medio de esa pobre compra va acomodado el libro aquel que presté hace ya mucho y nunca recuperé… Ese que me había dedicado el propio autor en la Feria del Libro. Cuando lo vi en la góndola de ofertas, tuve ganas de hojearlo y recordar un par de frases. Pero no pude, ya que viene prolijamente empaquetado en papel transparente. Así es que tendré que esperar, mientras coloco mi cena en el microondas, para reencontrarme con las contundentes sentencias del viejo Bayer.
Ah, el premio que me gané en el sorteo lo dejé descuidadamente en un carrito que encontré al pasar antes de la salida.
Casi a punto de cruzar la calle, una voz femenina interrumpe desde atrás mis incompletos razonamientos: “Dale, dale…”. Otra voz, esta vez infantil, me dice: “Gracias señor…”.
