El piso de piedras roto, hojas desparramadas, vestigios de racimos aplastados y atrevidos vendavales que han jugado con todos ellos, dándoles cambiantes y caprichosas estructuras que intentan imitar alguna forma de arte. Colores, materiales y hasta tenues olores que siguen invadiendo con desgano el espacio limitado por esas paredes que también están deterioradas. Han ido perdiendo la pintura primero y luego el enlucido que ya casi no cubre los ladrillos, que tampoco conservan su tonalidad y su firmeza originales. No pudo el lugar defenderse. Pálido registro de lo que no hace tanto fue cómodo y agradable.
Así también estemos seguramente los que pasamos por acá y todavía perduramos. Muchos de aquellos que volvemos por una u otra razón al sitio de donde alguna vez partimos. Y nos paramos como en casa. Sí, el gran patio fue nuestro refugio, nuestro orgullo, nuestro hogar de secretos, casi mágico.
Hoy también nos acompaña, pues solidariamente ha recibido todos esos embates y empieza a recorrer el camino final como nosotros, aunque nos haya sacado ventaja: fue quieto cómplice de arcoíris, eclipses, cometas, tormentas y de soles viajeros que no pudimos ver, y callada compañía de quienes ya no están. No corresponde pues intentar salvarlo. Será tarea de otro ciclo. No hay ganas de que vuelva a ser lo que alguna vez fue. Como tampoco, lo que alguna vez fuimos. Vinimos sabiendo que nadie debe volver al lugar donde fue feliz.
