Reflexiones algo lejanas

En ocasión de percibir la magnitud que nos da el infinito en esos planos tan inaprensibles de espacio y tiempo, es que podemos concebir lo enorme y también lo pequeño. Pero no sucede en forma simultánea. Es infrecuente que eso ocurra así.
Miramos una noche cualquiera unos puntos brillantes colgados de un cielo más o menos oscuro y ahí está lo inabarcable. Aquello, la inmensidad, es apreciado con maravilla, con asombro, con incomprensión. No se puede imaginar lo que no tiene fin en toda su plenitud y por esa razón lo fuimos colocando en el lugar de lo mayor, de lo inalcanzable. Y lo pudimos entender tan solo con nuestros ojos casi desde que nos paramos en dos piernas. Ahí arriba están los dioses.
Por otro lado, en otra instancia, por alguna azarosa razón, sin darnos cuenta de que forma parte de un inevitable contraste que tarde o temprano debía aparecer, tal vez notemos que a medida que aumenta el tamaño de todo lo que entra en lo interminable, se empequeñece lo que sí tenemos al alcance de la mano. O sea, los instantes y los lugares en donde llevamos adelante nuestras vidas.
Bajo otra circunstancia y quizá motivados por la curiosidad o la casualidad, nos sorprenderán un par de universos más diminutos aún. El reino de lo minúsculo, al que fuimos con paciencia de siglos desbrozando con aparatos cada vez más inquisidores, y finalmente, el imperio de lo no visible, de lo inentendible: la entraña más mínima del átomo.
Probablemente se nos ocurra en esa situación comparar: advertiremos quizá la similitud especular, confirmando en la oportunidad lo que decía aquel antiguo griego cuando sostenía que “lo que es arriba es abajo”. Conscientes o no de ser prisioneros, flanqueados por esas dos enormes perplejidades, a lo mejor nos demos cuenta de ser parte de un insignificante pedazo de momento. Es entonces que se revelará detrás de toda esta intrincada comparación nada más ni nada menos que la sencilla plenitud del llano en que nos movemos. Tan solo la suficiencia de un pestañeo y la confianza de una sonrisa igualan en grandeza a aquello que está en el cenit y en la hondura nanominúscula. Aparece así lo único a lo que podemos aferrarnos para no caer en esos abismos insondables e indiferentes. Acá abajo, como dijimos, está la existencia. Esa materialidad tan imperceptible y a la vez tan presente y destinada a escapársenos, hecha con la sustancia de caprichosos segundos, minutos, horas, días y años. Ese intento enternecedor, brillante y triste de opacar aquella magnificencia abrazándonos a nuestra pequeñez y a la fragilidad de lo efímero.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar