El héroe viaja de nuevo

Voy hacia ese lugar. Al que no quiero ir. Pero debo hacerlo. Es, dicen, mi obligación. Y que ya estoy listo para cumplirla.
Me pongo en marcha pues, decidido a mi pesar. Debo recorrer una buena distancia y caminar solo.
El perro de la vuelta de casa se me acerca amenazante en silencio. Y decido salir a la calle para evitar algún encuentro inesperado. Sigue arrimándose y comienza a ladrar. No me queda más que correr, gracias a lo cual logro evadirlo.
En la otra cuadra están ellos. Los más grandes, que todas las vueltas me molestan y no me invitan a jugar por razones obvias.
Paso y para amigarme los saludo. Ellos se burlan como siempre de mí. Me he quedado callado durante todo el recorrido, como me recomendó mi padre. Consigo así mi segundo triunfo.
Llego al lugar y me reciben con sorpresa y me preguntan qué quiero. Pienso un buen rato para no equivocarme, estirando mi mano con el único billete que me dieron.
Ahora, regreso aliviado a casa con la tarea cumplida. De pronto, escucho que la hija de la panadera, que va conmigo al colegio, me grita desde atrás “¡pará, pará Agustín, te olvidaste el vuelto!”.

Han pasado muchos años y hoy he vuelto a recordar ese hasta ahora perdido episodio. Me sacan de mi distracción unos murmullos persistentes, que me obligan a decir:
—¡Nico! Dejá de quejarte y andá a comprar el pan, que ya está casi lista la comida.

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