DE AZULES Y GLOBITOS
La pared pintada con dedicación azul aparece una mañana toda manchada de rojo. Son ellos, fueron ellos. Nosotros sabemos quiénes son, vamos a buscarlos y los cagamos a patadas. Se pusieron en campaña, le avisan al jefe. Este les pide que esperen. Voy a mandar unos mensajes y después les aviso, no se muevan hasta que los llame… Juntaron de todas maneras las cadenas y los palos. Le avisaron a algún primo que siempre se prende en estas. Hagámosle lo mismo con la pintada de ellos de la plaza, dijo otro. Le tiramos el azul encima del rojo y el blanco ese y listo…
Del otro lado del teléfono, el otro le pide que lo aguante. Dejá que pregunto por ahí y después te devuelvo la llamada. Cuando pregunta, están festejando. Pero jefe, se la pusimos a esos… si quieren guerra se la damos y listo, yo los conozco a los de ese barrio, siempre corren…
Finalmente, bajan la orden. Armen la propia, respetando las paredes de cada uno y los lugares en la plaza, que es bastante grande.
En la pared enchastrada hace unas pocas horas, empieza a resaltar nuevamente el azul, tapando el blanco que ha cubierto el rojo distintivo del otro equipo. El flaco habilidoso, como si estuviera haciendo gambetas hacia el gol, ha dejado un lugar con ese color extraño a sus afectos; ahí se empieza a distinguir, con las pasadas del aerosol, el fuego de una bengala, que empuña levantada un hincha con la boca abierta que grita alentando al cuadro de sus amores.
