Según recuerdo, fue el primer poema que dediqué. El libro en donde se encontraba este escrito me fue prestado por un amigo, con quien compartíamos gustos por cierto tipo de música y por el ajedrez. La destinataria tenía los mismos pocos años que yo y no dudo que haya entendido la intención. La mía, por supuesto. Más allá del atrevimiento, por aquellos lejanísimos tiempos las hazañas se medían en paseos de la mano. Los besos pertenecían a otra categoría.
Con el inevitable fluir de la existencia, el autor volvió a aparecer en mi camino y ya no me pareció tan íntimo, tan impactante. Y esto no se debió a que ya se había empezado a diseccionar la literatura bajo la lupa de la feroz crítica deconstructivista. De cualquier manera, hoy el entonces frustrado recurso transformado en un lugar común intentará aquí vanamente repetir aquel perdido destello.
Si nuestro amor es lo que es
es porque ha franqueado sus límites
Quería pasar bajo la cerca
como una serpiente, y ganar el aire
como un ave, y ganar la onda
como un pez, y ganar el tiempo.
Ganar la vida contra la muerte
y perpetuar el universo.
Tú me murmuraste perfección,
yo te susurré armonía.
Cuando nos abrazamos
se alzó un gran silencio.
Nuestra desnudez delirante
nos hizo súbitamente comprenderlo todo.
Pase lo que pase, soñamos;
pase lo que pase viviremos.
Tiendes tu frente como un camino
en el que nada me hace vacilar.
El sol se funde en él gota a gota;
paso a paso, recupero las fuerzas.
Nuevas razones para amar
y el mundo bajo su corteza
me ofrecen su savia conjugada
al largo riachuelo de nuestros besos.
PAUL ÉLUARD
