Fue el segundo poema que recuerdo dediqué. Manuscrito y ensobrado. En este caso, ya era un poco más grandecito que en la similar ocasión anterior. De la destinataria sólo diré que coincidentemente llevaba el mismo nombre que la primera y que tenía unos pocos años menos que yo. La mencionada pieza literaria se encontraba perdida en una destartalada antología destinada al olvido. Mi urgencia la transformó así nuevamente en una luminosa arma lírica. Muchos han afirmado que este es el hado que hace danzar las cosas del arte, del que no pueden escapar quienes no tienen más remedio que llevar adelante la insegura tarea. Cosa que quedó confirmada por el resultado de la susodicha dedicatoria.
Como un río que empezara
a amar su viaje,
un día te encontraste
desvestida en mis brazos.
Y sólo pensé entonces
en cubrirte de follaje,
de manos desnudas y de hojas
para que no tuvieses frío.
Pues yo no podía amarte
sino a través de tus aguas vivas,
cuerpo de mujer un instante
suspendido entre mis dedos.
¿Y podría yo haber puesto
sobre tantas piedras cálidas
una mirada que no fuese
más que un puro deseo?
Virgen respondes mejor
a la oscura sentencia
que mi corazón hace pesar
dulcemente en tu corazón.
Y si siento el tormento
de tu metamorfosis
es porque necesito amar
a tu amor antes que a ti.
RENÉ-GUY CADOU
