Apareció en el ya extinto Diario Mendoza. Para ser más preciso, en el suplemento cultural en formato sábana que se publicaba los domingos. Muchos de los contenidos allí albergados eran comentarios de las juntadas que se hacían en el bar con billares ubicado enfrente de ese matutino. Todo un ámbito bohemio que compartía con otros cafés cercanos y el de la calle Córdoba y San Martín. Lugares frecuentados por viejos periodistas y jóvenes poetas de aquellos lejanos días. Esos vates que parecía que improvisaban con pomposos recitados, y en realidad estaban plagiando de la forma más arriesgada e impune: confiando en que la totalidad de los concurrentes no hubiera realmente leído todo lo que decían haber leído.
Volviendo al escrito que hoy le quito al penumbroso desdén de la memoria, diré que me impactó esa forma de transmitir una sensación muy común a todo hombre en su condición de padre: el miedo. Pero activado aquí por el filtro producto de la hermandad de lo poético con lo filosófico.
SI MI HIJA ME PREGUNTASE…
Si mi hija me preguntase
por el sentido de la ilusión,
yo le contestaría que el hombre tiene
vocación de pájaro.
Si buscara el rumbo del viento,
yo le hablaría de los peregrinos.
Y si alguna vez
descubriera la tristeza
en la estrella de la mañana,
yo guardaría silencio por un día.
Si mi hija viera amor
en los cuatro puntos cardinales,
le abriría yo los ojos al dolor que crece en todas partes.
Si fuese lastimada tan sólo por una soledad,
le contaría la historia de los olvidados.
Y luego,
si llorase por los males del mundo,
yo guardaría silencio por un día.
Si mi hija viera sólo el odio,
si no tuviera el asombro de ver brotar el amor
en los cuatro puntos cardinales,
si no me viese reflejado en cada hombre,
si en cada mujer no recordase su madre,
yo guardaría silencio por un día.
Pero,
si perdiera la fe,
si a pesar de todo no guardara una ilusión,
si se le escapara el viento y no desesperara,
si en la estrella de la mañana
no encontrase la tristeza,
gravemente
yo guardaría silencio por dos días.
CARLOS LEVY
