Rescatando Letras

Me dedicó este texto unos días antes de terminar mi sexto año de la secundaria. Durante el transcurso de aquel ciclo final, yo la había ido impresionando con la mención de mis lecturas y con mis comentarios respecto a lo que se decía en clase. Ella me hacía un par de preguntas y con eso me alcanzaba para aprobar las lecciones orales. Obviamente, fue mi profesora de Literatura Argentina. Tardé muchos años en entender el porqué de ese poema, en darme cuenta de qué había visto en mí, qué intuyó acerca de mis posibilidades, qué quiso empujar con ese gesto. Yo, por supuesto, seguí por otro camino, aunque luego intentara una y otra vez, sin constancia ni convicción, recorrerlo. Ella sabía lo que yo ya sabía pero no había aprendido. Eso que dice aquella canción del rock nacional de los sesenta: de nada sirve escaparse de uno mismo.

LA VIDA SENCILLA

Llamar al pan el pan y que aparezca
sobre el mantel el pan de cada día,
darle al sudor lo suyo y darle al sueño
y al breve paraíso y al infierno
y al cuerpo y al minuto lo que piden;
reír como el mar ríe, el viento ríe,
sin que la risa suene a vidrios rotos;
beber y en la embriaguez asir la vida,
su plenitud redonda y fugitiva;
bailar el baile sin perder el paso
y dormir junto a un cuerpo luminoso
que es sol que se extiende en una playa;
tocar la mano de un desconocido
en un día de piedra y agonía
y que esa mano tenga la firmeza
que no tuvo la mano del amigo;
probar la soledad sin que el vinagre
haga torcer mi boca, ni repita
mis muecas el espejo, ni el silencio
se erice con dientes que rechinan;
estas cuatro paredes –papel, yeso,
alfombra rala y foco amarillento-
no son aún el prometido infierno;
que no me duela más aquel deseo
helado por el miedo, llaga fría,
quemadura de labios no besados:
el agua clara nunca se detiene
y hay frutas que se caen de maduras;
en unos ojos descubrir el cielo,
el mismo en que de niño me perdía,
y volver a perderme en esos ojos;
saber partir el pan y repartirlo,
el pan de una verdad común a todos,
verdad de pan que a todos nos sustenta,
por cuya levadura soy un hombre,
un semejante entre mis semejantes;
pelear por la vida de los vivos,
dar la vida a los vivos, a la vida,
y enterrar a los muertos y olvidarlos
como la tierra los olvida: en frutos…
y que a la hora de mi muerte logre
morir como los hombres y me alcance
el perdón y la vida perdurable
del polvo, de los frutos, y del polvo.

OCTAVIO PAZ


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