Ya había leído la olvidable incitación nerudiana al nixonicidio y los poemas no amorosos de Cardenal, de moda por aquellas eras espaciales, nucleares, revoltosas y demasiado mortales. Seguía en el mundo el debate por el arte comprometido, discusión que replicábamos torpemente en el barrio con una amiga que luego rumbeó para Filosofía y Letras.
Si bien el presente escrito no es tan contemporáneo, creo que plantea el tema con un logrado equilibrio: más allá del horror, de la opresión y del atropello que forman parte ineludible de nuestra volátil existencia, no falta el lugar para lo inasible y lo perenne que, obviamente, también llevan su carga de fragilidad.
LA VELETA Y LA ANTENA
La veleta se mueve a impulso de los vientos
buscando en vano un quinto horizonte perdido.
Guía a las golondrinas, al linyera, a los sueños
que extraviaron el rumbo.
Guía a los mochileros.
La antena capta el gran rumor del mundo
y en su fino esqueleto cabe toda la historia.
Guía a los guerreros.
La fantasía es como una veleta
y es como una antena la conciencia del hombre.
Amo a las dos. Las dos en mi tejado
vibran como una rosa.
Raúl González Tuñón
