Salmo del desencanto

Parece que todo se acomoda y ahí nomás, nada, todo sigue igual. Esperamos que alguna cosa cambie y todo continúa en el mismo lugar. ¡Ah! ¿Qué hacer con esas sensaciones tan penetradas en nosotros? Tan ancestrales. Nos consolamos recordando que vienen con la memoria del ser humano. Tan antiguas. Ilusionamos, ansiamos, apostamos por fuerzas que quizás no tengan por qué darnos el gusto, ni cumplirnos los deseos. Tan atávicas. Pero sin embargo, seguimos apoyándonos en eso que parece mágico, que pertenece a un mundo supuestamente mejor. Inseguros, ingenuos, angustiados. Con el peso de vivir viejas verdades que mañana ya no serán tales. Contrariados por nuestra suerte, no nos sentimos cómodos al tener que vagar por este sitio que tantas veces nos resulta tan incomprensible. Y ahí nomás, ponemos el contacto en esa sintonía que nos escuche, instalada para atender nuestros reclamos, con la obligación de recomponer nuestras dificultades, de resolver de buena manera nuestras inquietudes y dejarnos conformes hasta la próxima vez. Porque siempre hay una siguiente: un dolor, una carencia, un clamor. Exigiendo nuevamente justicia desde la neblina.

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