LOS DEDOS DE KAIRÓS
Apenas comenzó la pandemia, dejó de tachar los días en el calendario clavado en la pared. Las jornadas se fueron haciendo más largas. Al principio, imperceptiblemente. Pero se estiraron, de a poquito se estiraron. Sin dudas, ya que pudo hacer más cosas. Inclusive algunas que siempre quiso y no tuvo tiempo ni ganas de hacer. Aunque lo que percibía día tras día era más que llamativo, no se atrevió a comentarlo con nadie, para no alentar ningún tipo de sospecha. Mientras, las salidas y entradas de sol continuaron dilatándose.
Cuando quiso volver a tachar los días en el almanaque, los meses se habían terminado.
