Otro camino

Pensativa, desde lo alto mira la choza a donde debe llevar la leña recogida. Sentada descansando intenta desentrañar eso que siente. Su abuelo le ha dicho que ya es tiempo. Que su madre y su padre así lo hubieran querido. Y que es por su bien. Dejará de hacer lo que hace e intuye que su vida ya no será la misma. Tendrá que caminar casi diariamente, como lo ha venido haciendo estas y otras mañanas. Llevará y traerá otra carga, tal vez más liviana. No sabe qué encontrará en eso que llaman escuela.


Sobre viajes, despedidas y distancias

(Para Pablo y Verónica)

Un viaje es tantas cosas. Más allá de que en el fondo consista básicamente en lo mismo. De que se reduzca a ser sólo una: trasladarse de un lugar a otro con un propósito. Ahora bien, puede hacerse de distintas maneras, por diferentes medios: a pie o en vehículo, por ejemplo. A veces, la imaginación también ayuda. La geografía nos impondrá otras diferencias y limitaciones: tierra, agua, aire. Luego aparecerán los motivos: la oportunidad, la urgencia, la obligación, las ganas, los sueños y las ilusiones. Finalmente, todo arrancará cuando tengamos los recursos.
Hay viajes conocidos y hasta famosos: el de Ulises, el de Jasón, los de Colón, el de Magallanes, el de Darwin a bordo del Beagle, el de Alonso Quijano, los de Gulliver, el de Santiago con su triciclo alrededor del mundo, el del Judío Errante, el de Frodo Bolsón, el del inmortal rescatado por Borges, el realizado al mismísimo corazón de nuestro bendito planeta, el del héroe de las mil caras y algunos otros que se perdieron por los caprichosos senderos de la memoria.
Un cantante dijo alguna vez que viajar fortalecía el corazón, pues andar nuevos caminos te hace olvidar el anterior. Quizás lleve razón, siempre que tengamos la oportunidad de hacer más de un periplo.
Alguien más inquisidor y con inclinaciones a sacar algo valioso de toda experiencia podría preguntarse al respecto: ¿el viaje hace al viajero, quien sólo debe entonces seguir un itinerario? ¿O es el caminante quien va completando el dibujo del recorrido y lo justifica? Me parece que las dos cosas son válidas y que pueden darse al mismo tiempo. Ese alguien podría seguir indagando: ¿toda travesía es un descubrimiento, más allá de que nos demos cuenta o no de ello? Creo que la respuesta es nuevamente afirmativa.
Ahora bien, una vez definida la partida tendremos ese complemento casi siempre inevitable como lo son las despedidas: saludos, abrazos, buenos deseos, manos abiertas agitándose, gritos de alegría, lágrimas… Con todos estos momentos y situaciones nos hemos encontrado más de una vez, las hayamos experimentado o las hayamos visto a través del cine, la fotografía, la plástica, la música, la literatura. Porque el arte siempre intentará reflejar, por un lado, y rescatar del olvido, por otro, todo aquello que vivimos y que termina siendo una excursión.
Así pues, más allá de que el viaje sea para buscar un lugar en el mundo y uno llegue a destino, el mismo siempre continúa. Porque no nos olvidemos que el viaje más importante es la vida misma.
He tenido la suerte de recorrer diversos sitios, de conocer extraños lugares, de llenar mis ojos con paisajes a donde no volveré jamás y que solo podré revisitar en las incorrectas fotos que conservo. Algunas apuntan ya como uno de los privilegiados recuerdos que me llevaré momentos antes de emprender el viaje definitivo.

Tertulia en el Paraíso

Los ángeles más importantes han vuelto a reunirse y a deliberar. Hacía mucho que no sucedía esto. Eternos días, eternas noches.
—¿Será ya hora de que (ÉL) vuelva? —se pregunta uno, sin el menor dejo de duda.
—¿Por qué, se acerca el fin? —interroga sorprendido otro, carente de todo sentimiento de sorpresa.
—No. Pero estaría bueno. Sería como una segunda oportunidad —aporta un tercero, con total honestidad.
—¿Para quién…? —indaga un cuarto, sin ningún asomo de curiosidad.
—Para ellos, por supuesto… —afirma el segundo, careciendo de toda prepotencia.
—Para ambos… —corrige el tercero, sin ánimo de parecer imperativo.
—¿Te parece? —inquiere nuevamente el segundo, con verdadera ingenuidad.
—¿Y cómo sería eso? —intenta averiguar el cuarto, sin pretensión de inmiscuirse.
—Podríamos hacer una buena tarea. Pero esta vez… —intenta proponer el tercero, con auténtico idealismo.
—…Deberíamos hacerlo —interrumpe sin intención un quinto y evitando ser crítico. —Hace ya demasiado que sólo miramos…
Finalmente, tendremos que esperar. Porque más allá de que se ha hecho prácticamente imposible entenderse en forma racional, más allá de que las gentes de distintas creencias han empezado en cantidad más que alarmante a hacer justicia por mano propia, más allá de que la inmensa mayoría de los países ha militarizado sus fronteras y expulsado a los extranjeros, más allá de que se han vuelto a arrojar unas cuantas bombas nucleares, (ARRIBA) consideran que…
— …TODAVÍA… QUEDAN… ALGUNOS… JUSTOS…


Hoy encontré un badén

        Me llegan como puños
los abrazos de aquellos que se quieren
y los éxitos de los que tienen suerte.
Roen mis entrañas
algunos nombres
y días de cumpleaños.
Mi primitiva sonrisa
se derrite
sabiendo que el sol de todos
a unos calienta
y a otros quema.

Es por eso que me agito
como pez fuera del agua,
es por eso que tiemblo
como si me hubieran quitado la espada.

Mientras, ella seguramente sospecha
que estoy pegado a la telaraña
de su mirada.

Así, entre sacudidas voy sin remedio
presintiendo que cada parpadeo
habrá de permitir que alguna madrugada
consiga levantarme.

Moralejas para Marito

Vuelve de jugar a la pelota. Allá en la canchita de la vuelta del barrio, en donde está parejito y hay arcos de palos de madera y todo. Y ganaron. Por penales, pero ganaron. Y gracias a él. Porque como es gordito, siempre va al arco. Y como se hacía tarde e iban empatando –aunque no se acordaban en cuánto-, para definir un ganador decidieron aplicar la justicia de los tiros desde los doce pasos. Y ahí apareció él, el atajapenales, el dueño de la pelota. Que por otra parte es cierto, porque la pelota es suya, y casi siempre los partidos terminan cuando él se aburre de que le hagan goles o se cansa de ir a buscarla cada vez que los delanteros patachueca la tiran afuera.
Ahora está volviendo a casa, donde deberá bañarse y ya no podrá salir. Y está atravesando ese parquecito tan verde y tranquilo que decide postergar un rato el regreso y se detiene a descansar. Sí, porque fueron varios los penales que tuvo que atajar. Estaba tratando de recordar cuántos, cuando vio un hormiguero. Uno enorme, con miles de miles de grandes hormigas que iban y volvían apresuradamente. Inmediatamente imagina que es un amenazante ejército que está dispuesto a atacar. Y entonces, vuelve a aparecer el héroe y la emprende a pelotazos y luego a pisotones no tan decorosos como entusiastas contra las prolijas hileras, ya convencido de que es un general al que le han encargado la tremenda tarea bélica. Rápidamente consigue una nueva victoria y como está otra vez cansado, se recuesta en un ancho y cómodo árbol que prácticamente lo invita al reposo. Y se queda dormido. Un buen rato más tarde, se despierta asustado sintiendo pinchazos por todo su cuerpo. Las hormigas lo han invadido y están vengándose del artero ataque. Con muy poco de héroe, se levanta como puede y a los gritos y sacudiéndose sale a la carrera olvidando su pelota.
Nunca hay que dormirse en los laureles; no hay que despreciar enemigos pequeños, recordaba Mario que alguna vez le había comentado su abuela en sendos cuentos leídos, mientras seguía corriendo. Tal vez aprendería alguna de las dos lecciones.


Un cuento de Pascua

A las diez. Tiene que estar a las diez. Porque el colectivo sale a esa hora de la estación terminal. Sí, el que lo deja cerca de su casa. Le ha tocado trabajar toda la noche y quiere llegar lo más temprano posible porque hoy es Pascua. Domingo de Pascuas, hubiera dicho su madre. Lo están esperando Marta y Miguel. No habrá comida especial porque la situación no ha sido buena últimamente. Además, este año la Semana Santa cayó a fines de mes y todavía no ha cobrado. Pero se las arreglarán. Según su mujer, ha juntado unos pesitos y le dará una pequeña sorpresa. Él no ha podido comprar ni para los tradicionales huevos.
Empieza a perderse en sus eternas cavilaciones, cuando su atención se detiene en el hombre que está sentado en el piso. Junto a una de las columnas en donde tiene la salida el micro que se toma todos los días para el regreso. Cruza en esa dirección y a medida que se acerca cree reconocer a alguien a quien no ve desde hace mucho tiempo. Un lejano compañero de la secundaria a quien le perdió el rastro y con quien supo compartir algunas pequeñas aventuras y olvidables andanzas. Sí, es él. El tiempo transcurrido no puede confundirlo. Es Aníbal Zapata, sin dudas. Tiene el cabello largo, entrecano, desprolijo. No hace demasiado frío, pero está cubierto por un sobretodo marrón claro que no disimula su falta de aseo. Ahora que se acerca puede apreciar que lleva también una barba larga y enmarañada que se pierde entre los pliegues del abrigo que lo cubre disparejamente. Ya está parado junto a él. Pregunta casi deletreando el nombre. El que está en el piso abre los ojos, levanta la cabeza y mirándolo fijamente deletrea también el nombre de quien pregunta. ¿Cómo andás? Bien…, se cruzan a modo de saludo y mutuo interés.
El colectivo se arrima al pequeño terraplén de salida y obliga al sentado a levantarse, cosa que hace sin dificultad. ¿Te recibiste de ingeniero?, pregunta mientras se sacude. Mariano no ha prestado atención al interrogante y a modo de respuesta lo invita a su casa. A comer. Hoy es Pascuas, dice como su madre, en forma ingenua y firme a la vez. Ha decidido y dicho todo de corrido. Pretende ser convincente. También sin pensar, Aníbal ha contestado que sí.
Suben juntos y se acomodan en un asiento de dos. No son muchas las palabras que intercambian mientras hacen el recorrido, pero bastan para ubicar la situación de ambos. Tanto uno como otro respetan los silencios. Ya tendrán un buen trecho de la jornada que empieza para ponerse al día con algunos detalles. Esos que aclaran más cosas y las ocultan también.
Llegan dentro del horario previsto. Cuando el dueño de casa abre la puerta lo primero que encuentra es el gesto de desconcierto de su mujer, quien, seguramente por la ventana, lo ha visto venir con compañía. Aníbal espera frente a la puerta mientras Mariano se encamina con rapidez hacia la cocina obligando a su esposa a seguirlo. Qué es esto, ha preguntado ella. Un viejo amigo que encontré en la terminal de ómnibus. Se va a quedar a comer, afirma ella conociendo a su marido. No tenemos mucho. Además, le viste la pinta. Él no contesta y vuelve a la puerta. Pasá, ella es Marta, mi esposa. Por ahí está el baño.
Ella está cocinando una salsa a la que agregará salchichas que acompañarán los fideos caseros que muy pronto estarán desparramados por la mesada. El matrimonio no ha vuelto a dirigirse palabra.
Aníbal se ha acomodado el pelo ligeramente mojado, ha ordenado un poco sus ropas, se ha lavado las manos y ahora conversa tímidamente con su anfitrión en el pequeño living comedor. Ella intenta no pensar en nada, mientras ordena los últimos detalles para terminar de preparar el almuerzo. De repente, recuerda que en la rotisería del barrio hay un sorteo presencial de un almuerzo para la ocasional fiesta. Más por salir de ese clima todavía tenso que por probar suerte, se saca el delantal, toma el numerito de arriba de la heladera, avisa que ya vuelve y se dirige con pasos rápidos al negocio de comidas.
Miguel acaba de levantarse y pregunta por su madre. Él es mi hijo, dice su padre a modo de presentación junto con el nombre. Mucho gusto señorito, saluda Aníbal inclinando la cabeza y diciendo el suyo. Tu madre vuelve enseguida, dice el padre. ¿Puedo ir hasta la librería, papá? Hay un concurso de preguntas y yo puse un montón de papelitos. Bueno, no te demorés que ya comemos. Qué linda tu familia. Nos llevamos bien, pero la situación no está muy buena. Qué te tengo que decir a vos.
Los silencios pueden más que la curiosidad y se adueñan de los minutos. La quietud es rota por la entrada de Marta quien atraviesa la puerta con un enorme paquete envuelto en papel blanco y atado cuidadosamente con cintas azules. El aroma que despide ahorra las primeras preguntas. ¡Te ganaste el sorteo! Es un cordero asado con guarnición, podés creer. Pongo la mesa y comemos. Dejamos la pasta para la noche.
Al poco rato, vuelve a abrirse la puerta y esta vez es Miguelito quien llega cargado con una canasta artesanal con cuatro enormes huevos de Pascua. Acerté todas las preguntas, papá. Fueron sacando de a una y ninguna estaba bien. Las mías fueron las primeras correctas. Los guardamos para la tarde. Y mirá, son justo cuatro.
El almuerzo se compartió con alegría creciente. La protagonista fue la comida y poco a poco fueron apareciendo algunos detalles de la vida de la visita, comentados por el dueño de casa, quien aclaraba y acomodaba el relato con referencia a años, situaciones y conclusiones.
La sobremesa fueron los mates y el merecido premio obtenido por el nene de la casa, quien recibía repetidas veces las felicitaciones por su aplicación en el conocimiento. Más allá de las cortas respuestas de Aníbal, se hicieron presentes las risas y las bromas.
El agradable clima que se había instalado es interrumpido por el sonido del timbre de calle. Es mi hermano, dice Marta, y viene con los chicos. Luego de las mutuas Felices Pascuas y las presentaciones de rigor, los primos se refugian en las piezas con la recomendación de que no hagan daño. He querido venir antes, pero no he tenido ni un huequito. Vamos para la cocina así cortamos el postre que traje y te cuento.
La dueña de casa vuelve con los platitos ya servidos, una sonrisa en la cara y la noticia de que Ángel le acaba de ofrecer un trabajo. Para que haga en casa, cariño, qué te parece…
Aníbal se levanta. No quiero molestarlos más. Les agradezco la invitación, hace mucho que no pasaba momentos como este. Pero no, quedate un rato más…, insisten a coro marido y mujer. Hoy ha sido un día con muchas alegrías y se me hace tarde… Bueno, nos vemos mañana en la estación, le dice Mariano casi con resignación. Allí estaré, asegura Aníbal. Querés llevarte algo para comer, pregunta con sinceridad la señora. No se moleste… nuevamente, muchas gracias…
Al día siguiente la espera dura más de una hora. Luego de preguntar y preguntar se sorprende que nadie lo haya visto, que nadie recuerde a su amigo, que nadie lo haya visto jamás en ese lugar.


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