A las diez. Tiene que estar a las diez. Porque el colectivo sale a esa hora de la estación terminal. Sí, el que lo deja cerca de su casa. Le ha tocado trabajar toda la noche y quiere llegar lo más temprano posible porque hoy es Pascua. Domingo de Pascuas, hubiera dicho su madre. Lo están esperando Marta y Miguel. No habrá comida especial porque la situación no ha sido buena últimamente. Además, este año la Semana Santa cayó a fines de mes y todavía no ha cobrado. Pero se las arreglarán. Según su mujer, ha juntado unos pesitos y le dará una pequeña sorpresa. Él no ha podido comprar ni para los tradicionales huevos.
Empieza a perderse en sus eternas cavilaciones, cuando su atención se detiene en el hombre que está sentado en el piso. Junto a una de las columnas en donde tiene la salida el micro que se toma todos los días para el regreso. Cruza en esa dirección y a medida que se acerca cree reconocer a alguien a quien no ve desde hace mucho tiempo. Un lejano compañero de la secundaria a quien le perdió el rastro y con quien supo compartir algunas pequeñas aventuras y olvidables andanzas. Sí, es él. El tiempo transcurrido no puede confundirlo. Es Aníbal Zapata, sin dudas. Tiene el cabello largo, entrecano, desprolijo. No hace demasiado frío, pero está cubierto por un sobretodo marrón claro que no disimula su falta de aseo. Ahora que se acerca puede apreciar que lleva también una barba larga y enmarañada que se pierde entre los pliegues del abrigo que lo cubre disparejamente. Ya está parado junto a él. Pregunta casi deletreando el nombre. El que está en el piso abre los ojos, levanta la cabeza y mirándolo fijamente deletrea también el nombre de quien pregunta. ¿Cómo andás? Bien…, se cruzan a modo de saludo y mutuo interés.
El colectivo se arrima al pequeño terraplén de salida y obliga al sentado a levantarse, cosa que hace sin dificultad. ¿Te recibiste de ingeniero?, pregunta mientras se sacude. Mariano no ha prestado atención al interrogante y a modo de respuesta lo invita a su casa. A comer. Hoy es Pascuas, dice como su madre, en forma ingenua y firme a la vez. Ha decidido y dicho todo de corrido. Pretende ser convincente. También sin pensar, Aníbal ha contestado que sí.
Suben juntos y se acomodan en un asiento de dos. No son muchas las palabras que intercambian mientras hacen el recorrido, pero bastan para ubicar la situación de ambos. Tanto uno como otro respetan los silencios. Ya tendrán un buen trecho de la jornada que empieza para ponerse al día con algunos detalles. Esos que aclaran más cosas y las ocultan también.
Llegan dentro del horario previsto. Cuando el dueño de casa abre la puerta lo primero que encuentra es el gesto de desconcierto de su mujer, quien, seguramente por la ventana, lo ha visto venir con compañía. Aníbal espera frente a la puerta mientras Mariano se encamina con rapidez hacia la cocina obligando a su esposa a seguirlo. Qué es esto, ha preguntado ella. Un viejo amigo que encontré en la terminal de ómnibus. Se va a quedar a comer, afirma ella conociendo a su marido. No tenemos mucho. Además, le viste la pinta. Él no contesta y vuelve a la puerta. Pasá, ella es Marta, mi esposa. Por ahí está el baño.
Ella está cocinando una salsa a la que agregará salchichas que acompañarán los fideos caseros que muy pronto estarán desparramados por la mesada. El matrimonio no ha vuelto a dirigirse palabra.
Aníbal se ha acomodado el pelo ligeramente mojado, ha ordenado un poco sus ropas, se ha lavado las manos y ahora conversa tímidamente con su anfitrión en el pequeño living comedor. Ella intenta no pensar en nada, mientras ordena los últimos detalles para terminar de preparar el almuerzo. De repente, recuerda que en la rotisería del barrio hay un sorteo presencial de un almuerzo para la ocasional fiesta. Más por salir de ese clima todavía tenso que por probar suerte, se saca el delantal, toma el numerito de arriba de la heladera, avisa que ya vuelve y se dirige con pasos rápidos al negocio de comidas.
Miguel acaba de levantarse y pregunta por su madre. Él es mi hijo, dice su padre a modo de presentación junto con el nombre. Mucho gusto señorito, saluda Aníbal inclinando la cabeza y diciendo el suyo. Tu madre vuelve enseguida, dice el padre. ¿Puedo ir hasta la librería, papá? Hay un concurso de preguntas y yo puse un montón de papelitos. Bueno, no te demorés que ya comemos. Qué linda tu familia. Nos llevamos bien, pero la situación no está muy buena. Qué te tengo que decir a vos.
Los silencios pueden más que la curiosidad y se adueñan de los minutos. La quietud es rota por la entrada de Marta quien atraviesa la puerta con un enorme paquete envuelto en papel blanco y atado cuidadosamente con cintas azules. El aroma que despide ahorra las primeras preguntas. ¡Te ganaste el sorteo! Es un cordero asado con guarnición, podés creer. Pongo la mesa y comemos. Dejamos la pasta para la noche.
Al poco rato, vuelve a abrirse la puerta y esta vez es Miguelito quien llega cargado con una canasta artesanal con cuatro enormes huevos de Pascua. Acerté todas las preguntas, papá. Fueron sacando de a una y ninguna estaba bien. Las mías fueron las primeras correctas. Los guardamos para la tarde. Y mirá, son justo cuatro.
El almuerzo se compartió con alegría creciente. La protagonista fue la comida y poco a poco fueron apareciendo algunos detalles de la vida de la visita, comentados por el dueño de casa, quien aclaraba y acomodaba el relato con referencia a años, situaciones y conclusiones.
La sobremesa fueron los mates y el merecido premio obtenido por el nene de la casa, quien recibía repetidas veces las felicitaciones por su aplicación en el conocimiento. Más allá de las cortas respuestas de Aníbal, se hicieron presentes las risas y las bromas.
El agradable clima que se había instalado es interrumpido por el sonido del timbre de calle. Es mi hermano, dice Marta, y viene con los chicos. Luego de las mutuas Felices Pascuas y las presentaciones de rigor, los primos se refugian en las piezas con la recomendación de que no hagan daño. He querido venir antes, pero no he tenido ni un huequito. Vamos para la cocina así cortamos el postre que traje y te cuento.
La dueña de casa vuelve con los platitos ya servidos, una sonrisa en la cara y la noticia de que Ángel le acaba de ofrecer un trabajo. Para que haga en casa, cariño, qué te parece…
Aníbal se levanta. No quiero molestarlos más. Les agradezco la invitación, hace mucho que no pasaba momentos como este. Pero no, quedate un rato más…, insisten a coro marido y mujer. Hoy ha sido un día con muchas alegrías y se me hace tarde… Bueno, nos vemos mañana en la estación, le dice Mariano casi con resignación. Allí estaré, asegura Aníbal. Querés llevarte algo para comer, pregunta con sinceridad la señora. No se moleste… nuevamente, muchas gracias…
Al día siguiente la espera dura más de una hora. Luego de preguntar y preguntar se sorprende que nadie lo haya visto, que nadie recuerde a su amigo, que nadie lo haya visto jamás en ese lugar.