Una vueltita por ahí

Las alarmas han detectado unas débiles señales, lo que ha obligado a los organismos especializados a movilizarse. Las ondas han empezado a ser más perceptibles. Es una prueba de que el emisor de las mismas se viene acercando. Si bien son unos pocos vatios de potencia ya los aparatos registran la naturaleza de los débiles impulsos. Adan Betham, anciano especialista en historia hiperespacial, consulta sus archivos. Ha tenido que rastrear muy en el fondo de sus circunvoluciones holográficas más antiguas para encontrar un nombre y la identificación de esos mensajes. Descubrirá que es una de las sondas Voyager, lanzada hacia el cosmos desde la Tierra hace mucho tiempo atrás y a la que ya nadie esperaba volver a ver. Se sorprenderá al enterarse de que llevaba un disco de oro grabado con los rastros de la Vieja Civilización. Comprobará que el atrevido pero inofensivo aparato trae la tan buscada Marca de la Curvatura Espacio-Tiempo, hipótesis por la cual recibirá el Nobel de Astronomía del milenio LXI. Ahora, ha regresado. Sin indicios de que alguien la haya visto ni escuchado… Ha regresado con el testimonio del más mudo, frío, indiferente e infinito silencio.

Los locos de la feria

(Cualquier parecido con alguna realidad no es pura casualidad)

Para confirmar el viejo adagio que dice que la realidad supera a la fantasía es que intentaré transcribir aquí los hechos acontecidos un sábado del último y caluroso verano en un populoso barrio del oeste del departamento de Las Heras. Juro que lo que llevaré a cuento es la más pura de las verdades y que cualquier agregado que se me pudiera achacar sería poco comparado con lo que realmente ocurrió.
Sucedió en el Valle de Hualilán, prestigiado en otras épocas por pacíficos aborígenes que le dieron buen nombre al lugar. Contrariamente, los actuales habitantes vienen poniendo sus mejores empeños en eliminar todo rastro de urbanidad, civilización e inclusive buena vecindad, cosas que no pueden ser precisamente achacadas a los gobiernos centrales de turno.
Cuando se juntaron por primera vez en la casa de la Malenca, confluyeron casi por accidente viejos militantes de diverso pelaje y compromiso, soñadores más o menos utopistas, activistas vecinales de variados intereses, pacifistas, defensores de una y otra causa y toda una larga lista de arregladores del mundo ajeno. El motivo de la juntada había sido el mediático “¡Que se vayan todos!”, esa particular situación con la cual nuestro país le dio la bienvenida al venturoso nuevo milenio recién comenzado. El eslogan cobró rápidamente millones de adeptos por todo el país, entre ellos los propios destinatarios del mismo, que se afanaban en ponerse del lado de los reclamantes y así seguir astutamente ganando espacios, que es lo único que saben ganarse porque todo lo demás lo adquieren indecorosamente.
Bueno, volviendo a la mentada primera reunión, digamos que de movida nomás y con la experiencia de largos años de inútil experiencia, alguno tiró –como siempre- la primera piedra y propuso con la pompa propia de estos casos “hacer algo más concreto”.
Sí, porque pedir que se vayan todos es medio ilusorio: porque no va a quedar nadie, porque ninguno quiere ser el primero en irse, porque “quiénes son todos”, porque que se vayan a dónde y una larga lista de indefiniciones.
Y ahí nomás surgió la idea de la feria. Sí, una feria artesanal. “Como la que hicieron en el Barrio Civit Vélez, aquí también en Las Heras, que ya lleva un montón de años y en donde hacen de todo”, se dijo con convicción.
Ese mismo fin de semana, se armaron con tablones, caballetes y manteles y como si fueran a la guerra se plantaron en una de las esquinas de la plaza barrial. Y que viniera alguien a querer sacarlos. Esa primera exposición –llena de adornos, pulseritas, collarcitos, pañuelitos- se fue completando con el transcurrir de los días con el aporte de numerosos creativos del lugar que le agregaron no sólo cantidad al evento sino también un buen colorido, cosa imprescindible por supuesto en toda feria que se precie.
Y así se fue arrimando gente, entre curiosos, interesados e indiferentes.
Y no faltó el que se acercó con un ánimo meramente comercial: el de los choripanes. Sí, el eterno infaltable en todo evento callejero, el que aporta su cuota gastronómica y hace delirar a los concurrentes con ese prosaico pero irresistible olorcito a chorizo a la parrilla.
El Tuti es un gordito buena onda y enseguida se hizo amigo del grupo de artesanos que sin embargo comenzaron a mirarlo con cierta envidia, porque desde el primer día que se instaló vendía, vendía, vendía y vendía.
Pero en fin, como la plaza es pública, dijeron, por lo menos alguien se lleva unos mangos de todo esto que se ha armado.
El día en cuestión, y mientras discutían dónde colocar un cartel tipo pasacalle que identificaba a la movida artesanal, cayó bastante gente, entre feriantes y público en general. La venta pintaba por fin como buena.
Con el correr de los minutos, el Tuti no daba abasto a pesar de la ayuda de mujer e hijo; los artesanos en tanto, seguían mirándose la cara y charlando sobre la teoría del buey perdido.
Y mientras el gentío se hacía cada vez mayor, los chorizos se hacían cada vez menos y hubo que traer más. La clientela se agolpaba alrededor del carrito que seguía sin dar abasto.
Y entonces fue cuando ocurrió lo inesperado.
—¡Aquí falta un chori! ¡Me falta un chori! —gritaba con seguridad y firmeza el Tuti.
Todos callaron, se dieron vuelta automáticamente y depositaron su vista en el dueño de los vernáculos emparedados.
—Alguien me sacó el chori que estaba listo, completo y con gaseosa —aseguró muy firme.
—Se lo habrá llevado alguno. Ya lo pagará. —comentó alguien con el habitual tono conciliador de estos casos.
—No, yo me di vuelta y ya no estaba. Tenía diez casi listos y estaba despachando y ahora son nueve… —volvió a asegurar con firmeza el Tuti.
—Pero no, seguro que contaste mal —agregó uno que tenía más confianza con el damnificado.
El afectado miró con una cara hasta ese momento desconocida por la concurrencia y espetó sin cambiar por ello sus facciones:
—Seguro que fue uno de ustedes, algún muerto de hambre…
¡Para qué! Al toque nomás comenzaron las respuestas en creciente tono recriminatorio, ofensivo y descalificador. Y ya se fueron agolpando todos los artesanos en torno del gastronómico y amigos, y a escasos momentos ya no se podía oír lo que cada uno decía, no se podía distinguir quién es el que gritaba más fuerte, quién es el que trataba –si es que había alguien- de calmar los ánimos (también gritando, por supuesto), quién fue el que comenzó a empujar ni quién fue el que sacó el primer manotazo.
Lo que sí pudo verse, distinguirse y presenciar claramente fue la batahola, el zafarrancho, el pandemonium que se armó: todos empujaban, tiraban golpes de puño y gritaban al unísono.

Mientras esto ocurría, a escasos metros del lugar del lío, apoyados en el tronco de un árbol, dos individuos hacían este comentario:
—Esto le pasa a mi viejo por meterse en política… —dijo el más joven.
—Es que estas cosas de vecinos siempre terminan así… —agregó el otro, de escasos pelos.
Mientras, se comían la mitad de un choripán cada uno.
En esa semana, en el periódico del barrio –que tituló el caso como “El choreo del chori”-, en la radio del barrio, en los negocios del barrio, no se hablaba de otra cosa que del desbarajuste en la plaza.
Finalmente, los comprometidos habían obtenido el protagonismo que buscaban.

Más de una vez contado

Los cuentos que contaba la abuela de Martín eran buenos. Yo los recuerdo con mucho cariño. Ponía dedicación y esmero en cada uno de los libros que elegía. Después desplegaba un interminable número de recursos teatrales, con su correspondiente animación, gracias a la cual conseguía crear un clima especial, del que seguramente nosotros, niños entonces, éramos cómplices.
Nos juntábamos bastante seguido en la casa de nuestro amigo a tomar la media tarde, que su mamá nos hacía ya sin preguntarnos, y que acompañaba infaltablemente con algún dulce casero y galletitas que siempre alcanzaban para toda nuestra hambre, esa que aparecía demandante como producto inevitable de haber jugado, de haber andado derrochando energía por ahí.
A tomar la leche, decía doña Eleonora, y volábamos, volábamos hacia la mesa que nos esperaba. Y recordábamos, recordábamos con la boca llena las hazañas, las derrotas o las corridas provocadas por algunos retos de vecinos enojados. Esos relatos sonaban mucho más magníficos en la repetición de lo que habían sido sólo algunos momentos antes. Esa posterior imaginación era un agitado reflejo de la desparramada en la aventura callejera.
Una vez terminado ese primer y necesario acto, nos aguardaba el siguiente, que se iba adueñando de nuestra otra ansiedad, esa que aparecía después de la material, la que habíamos satisfecho con las tazas, los vasos y los platos repletos de colores, aromas y sabores.
Se tomaba su tiempo la abuela, pero nunca nos dejaba con hambre. Estaba ahí como al acecho sabiendo que nosotros exigiríamos, si ella no aparecía con el libro de turno en la mano, nuestra historia vespertina. Y luego de aclarar su voz aguda pero profunda, que hacía las veces de llamado de atención, empezaba a recorrer las líneas impresas en el papel con maquinadas interrupciones que usaba para explicar, para agregar, para reforzar los ademanes con los que completaba las leyendas, los relatos y las fantasías que desbordaban de la narración.
Eran cortos, eran contundentes, no había muchas veces demasiada lectura. No nos aburríamos ni nos distraíamos, aunque en más de una oportunidad gritábamos, aplaudíamos, nos asombrábamos, nos sorprendíamos ante algo inesperado.
Nunca faltaron los piratas, los genios dentro de una lámpara, los sapos que se convertían en príncipes, las serpientes que hablaban, los viajes a tierras que no conocíamos, los esforzados trabajos de lejanos héroes.
En ese entonces para nosotros todo ese universo era verdadero. Todos esos personajes y episodios que intentábamos imitar y hasta pretenciosamente mejorar en las andanzas de nuestras eternas siestas eran en aquel mágico tiempo más que reales, porque salían de esas ansiosas páginas.

Por eso, no podré olvidar aquella tarde en la que al Germán se le ocurrió cuestionar lo que la abuela había empezado a contar. Fue instantáneo el ponernos mal y enojarnos. Más porque al Germán lo había invitado no sé quién justo ese día. O sea, era nuevito y sin bien mucho no tenía que entender de qué se trataba lo de cuentacuentos, debió haberse callado. Pero no, abrió su bocota y lo hizo diciendo una cosa que nos sorprendió a todos. Y después del silencio producido por el asombro sobrevino la duda.
—¿Quién te dijo a vos que esa historia es mentira?
—Es que no existen, pibe… —aseguró con total firmeza—. Me lo dijo mi hermano mayor, el que va a la secundaria. Y si algo no existe entonces es mentira.
—Pero nosotros… —afirmé yo a esta altura con lo que me quedaba de convicción, antes de que el Germán me interrumpiera.
—Te digo que no existen… —repitió insistentemente.
–¿Y entonces quién…? —alcanzó a decir Martín, también antes de que su abuela lo interrumpiera.
–Chicos… Yo llevo muchos, muchos años esperándolos y siempre vienen. Aún después de haber dejado de ser niña. Si uno no pierde los sueños y las ilusiones, siempre llegan, siempre a tiempo y a todo lugar… Ellos siempre aparecen…
El que no apareció más fue Germán, a pesar de que la abuela de Martín lo invitó especialmente para la siguiente ocasión.
Lo que tampoco olvidaré es que a los pocos días, tuvimos un atardecer y no tuvimos cuentos. En silencio, el Gastón trajo un libro y se puso a hojear un rato, mientras que los demás, sin saber qué hacer, sólo llorábamos, llorábamos como corresponde.
Algunos años después, supimos que la abuela de Martín nunca había aprendido a leer.


Pequeña crónica de un primer recuerdo

Aparece, aparece y aparece. Una y otra vez. Por estos días ha estado invadiendo mi mente una imagen que ya se ha transformado en recurrente. No he tenido más remedio que sacarla del arcón de la memoria, porque me parece tiene mucho por decirme.
Creo que tendría siete u ocho años. Mis padres habían decidido salir de noche. No recuerdo si era invierno o verano ni a dónde es que fueron. Sí me acuerdo que mi madre me encargó que cuidara de mi hermano, ya que íbamos a quedarnos solos. Y aquí es cuando empieza a tomar forma esa sustancia tan dulce, elástica y a la vez caprichosa con la que se forma todo eso que queda guardado en nuestra cabeza.
Mi padre había comprado por esos días algunos tomos de una enciclopedia juvenil, esas que pregonaban el conocimiento como un tesoro. Y a mí realmente me lo parecía. Bastaba con ver las figuras, los dibujos, los diagramas, las fotos y, por supuesto, las palabras. Las letras de molde puestas ordenada y prolijamente sobre el papel blanco, de un grueso contundente, firme, que permitía el simple manejo con un solo dedo, cualidad por otra parte, muy común en esos artefactos llamados libros. No puedo precisar qué hizo mi hermano en todo ese eterno tiempo desde que bajé los ejemplares que estaban solemnemente resguardados sobre un ropero ubicado contra una de las paredes de nuestra pieza, el dormitorio donde descansábamos después de nuestros ajetreos Ricardo y yo. Lo que sí ahora parece que ha quedado grabado en mi alma y en mi historia es ese continuo formado de segundos, minutos y horas durante las cuales hojeaba, leía, miraba. Batallas memorables de romanos, invasiones de bárbaros, la velocidad de la luz, tierras ganadas al mar, las fases de la luna, los misterios aztecas, la organización social de las hormigas, los descubrimientos de intrépidos navegantes, los increíbles inventos de los últimos dos siglos. En fin, pasaban y pasaban las hojas y página tras página empezaba cada vez un nuevo viaje, volando la imaginación y a veces subiéndome a ella intentando manejarla y ser también el protagonista. Pero no sólo fue racional, o meramente intelectual el momento: una plenitud de sentidos acudieron y me permitieron emocionarme, asombrarme, admirar las grandezas del ser humano y de la naturaleza a la que pertenece, aunque muchas veces no nos demos cuenta o no le demos demasiada importancia o directamente lo olvidemos.
De todo ese embrujo es que sin dudas se afirmó mi amor, mi pasión, mi apego, mi gusto por los libros. Poder tenerlos, poder tocarlos, poder apreciarlos en todo su contenido, eran para mí –lo siguen siendo- un verdadero tesoro, ese que prometía el nombre de la colección.
Después la vida se me fue disparando para otros lados, llevándome en otras direcciones, pero siempre conservé ese gusto, ese cariño, esa dedicación. Y me puse a juntarlos. Comprándolos, recibiéndolos de regalo o pidiéndolos prestado. Y seguí acumulando lecturas y me fui poco a poco olvidando de ese primer momento mágico que, ahora estoy seguro, es el que terminaré llevándome cuando me toque dar vuelta la última página.


El derecho a escapar

I.
Ella ha percibido el sufrimiento del viejo. Pero también ha visto su empeño y dedicación. Le atrae sobre todo el reflejo producto de su trabajo. Se conmueve y se reconforta porque alguien la honra con esa dedicación, con esas terminaciones. Por eso, cuando lo ve abocado a su tarea, lo ayuda. Por eso, cuando lo encuentra empeñado en la labor, lo ilumina con su brillo. ¡Esa platería tan bruñida!
II.
Hoy no lo ha podido ubicar. Intenta con su disco lleno atraer su atención. Él siempre levanta la vista para mirarla. Pero él ha huido, dejando atrás a su hijo tendido en ese suelo. Vástago que no podrá continuar con su tradición manual. Patria que ya no sabe si es suya.
III.
Instalado en el campamento, el anciano se consuela con el nieto. Es muy pequeño y sólo exige algunas piedras y compañía para jugar.
Al anochecer, ha vuelto a poner sus ojos en el cielo. Ella está ahí, tan enorme, tan quieta, tan reluciente. Se pregunta cuántos habrá mirándola también. Cómodamente, en sus casas. Tomados de la mano tal vez.
Lo distraen unos murmullos cercanos. Ha creído entender que las provisiones están a punto de arribar. Pan y medicamentos.
Sabe que el niño está ya dormido y aunque no ha podido todavía contestarle cuándo volverá su padre, siente una mezquina tranquilidad. Sin más nada para decirse, el veterano platero se adormece reteniendo en su memoria una lejana sonrisa y el ancestral nombre que aún lleva.
IV.
La luna no volverá a brillar para él. Caminos y puentes se han desdibujado en obstáculos. Los bombardeos llegarán antes que la ayuda humanitaria.


Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar