El piso de piedras roto, hojas desparramadas, vestigios de racimos aplastados y atrevidos vendavales que han jugado con todos ellos, dándoles cambiantes y caprichosas estructuras que intentan imitar alguna forma de arte. Colores, materiales y hasta tenues olores que siguen invadiendo con desgano el espacio limitado por esas paredes que también están deterioradas. Han ido perdiendo la pintura primero y luego el enlucido que ya casi no cubre los ladrillos, que tampoco conservan su tonalidad y su firmeza originales. No pudo el lugar defenderse. Pálido registro de lo que no hace tanto fue cómodo y agradable.
Así también estemos seguramente los que pasamos por acá y todavía perduramos. Muchos de aquellos que volvemos por una u otra razón al sitio de donde alguna vez partimos. Y nos paramos como en casa. Sí, el gran patio fue nuestro refugio, nuestro orgullo, nuestro hogar de secretos, casi mágico.
Hoy también nos acompaña, pues solidariamente ha recibido todos esos embates y empieza a recorrer el camino final como nosotros, aunque nos haya sacado ventaja: fue quieto cómplice de arcoíris, eclipses, cometas, tormentas y de soles viajeros que no pudimos ver, y callada compañía de quienes ya no están. No corresponde pues intentar salvarlo. Será tarea de otro ciclo. No hay ganas de que vuelva a ser lo que alguna vez fue. Como tampoco, lo que alguna vez fuimos. Vinimos sabiendo que nadie debe volver al lugar donde fue feliz.
La ciencia lo hizo de nuevo: festejo terraplanista
Podría empezar diciendo sin temor a equivocarme que los dos tienen razón. Aquel que afirma que la Tierra es redonda y el otro que sostiene que es plana. Esto es así porque acaba de publicarse el primer estudio que demuestra la doble naturaleza de la estructura de nuestro planeta.
Ahora bien, para empezar digamos que durante una cantidad importante de años se creyeron en diversas verdades que intentaban explicar todo aquello que no se entendía o que se necesitaban para entender otras cosas. Y de que eso ocurrió, en algunos momentos de la historia, en forma simultánea. Es decir que convivían postulaciones y teorías contradictorias que eran tomadas como ciertas. Compartían ese complejo ámbito, filosofía y religión. Estas cambiantes creencias, lo sabemos hoy gracias a la ciencia, se originaban en el pensamiento ingenuo, ese de las primeras apariencias. A medida que las fórmulas matemáticas fueron invadiendo este campo y se construyeron los aparatos y laboratorios adecuados, todo ese andamiaje fue variando.
Yendo sin más trámite a la novedad, la hipótesis que postula la doble naturaleza de la Tierra dice en esencia que desde una posición dada en el espacio de un cuerpo –llamémoslo “A”- que representa una esfera ligeramente achatada, y otro, llamémoslo “B”, un rectángulo que coloca a nuestro planeta en el plano de dos dimensiones, se hace la intersección entre el lado más largo y la circunferencia mayor, lográndose así la unión de dos dimensiones en tres. Como se podrá apreciar, la figura-cuerpo resultante no está registrada en ningún manual de geometría euclidiana. Ahora bien, a continuación aplicamos la conjunción del ámbito de las apariencias con el de la evidencia empírica obteniendo la doble naturaleza aludida: la estructura-sistema-dimensión. Este último término, de tres componentes, es el que termina definiendo la completa morfología de nuestro planeta: caminamos, andamos en bicicleta, manejamos un auto y no podemos escapar a la “evidencia” de lo plano ni a las leyes y reglas físicas que se desprenden de él; pero apenas nos despegamos de las influencias mencionadas, dejamos de estar bajo sus efectos y quedamos sometidos al imperio, pequeño pero suficiente, de lo curvo. Esto es posible ya que aplicando la extensión de la tercera inferencia del concepto espacio-tiempo, la curvatura correspondiente al eje cónico hace inevitable que la dimensión rectángulo tome la forma cilíndrica primero y definitivamente esférica después. Así pues, dependiendo en qué lugar se encuentre ubicado el observador, la estructura dominante será una u otra. Como corolario se desprende en forma intuitiva que esa preeminencia no anula a la otra, y viceversa.
Podría argumentarse que esta segunda posición parte de lo plano y por lo tanto ésta sería la original y total forma de la Tierra. Pero la diferencia la hace la influencia del pasaje axial referido, concepto que engloba un nuevo impacto dimensional y que alcanza una inédita estructura, si bien –como ya se dijo- sin dejar atrás las anteriores.
La formulación y posterior validación de esta hipótesis fue hecha por un grupo de estudiantes avanzados de un conocido instituto tecnológico americano, guiados por expertos en distintas disciplinas relacionadas. Según se afirmó, una antigua academia de ciencias europea tiene prevista una exposición abierta sobre el tema, a donde han sido invitadas reputadas personalidades del conocimiento para debatir la teoría. No sería de extrañar que poderosos empresarios financiaran programas para avanzar en las correspondientes observaciones experimentales. Se descuenta la candidatura a numerosos premios para los integrantes del equipo que ha podido terminar con este clásico enfrentamiento de la comunidad astrofísica.
Incierta confianza
Diremos para empezar que ella no lo quiere a él hace bastante tiempo. Eso se ve en las actitudes, en las respuestas y, sobre todo, –esto lo sospechamos con certeza– en la intimidad. Anda con otro, dirán ya seguramente las vecinas. Y es así que por ahí no sorprenderá tanto lo que ocurrirá. Ella ha ido comentando con cuidado en tono de broma que, donde está terminando la tecnicatura, hay un profesor –al que llama por su nombre en diminutivo– que le sonríe, que parece más joven de lo que es, que está soltero. El marido, suponemos sin error, es bastante celoso, algo machista para la época y mayor que ella. Esto último quizá justifique sus atributos anteriores. Cada dos por tres, nuestros dos personajes arman casi la misma situación. Para ser más exactos, montan la misma escena. Ella repitiendo esto del docente que ahora conocemos. Y lo hace la mayoría de las veces en presencia de público, dentro y fuera de su casa. Él responde una y otra vez con el silencio.
Acumuladas las jornadas con estos montajes, se fueron juntando en el esposo un poco la bronca por los atrevimientos sufridos, otro poco la vergüenza ajena e, inevitablemente, el amor propio ese que sostiene los celos. Y el tipo ha entrado en estado de duda, en modo confusión. Y ha empezado a imaginar cosas. Primero, algunas posibles escenas en donde los protagonistas son la parejita consabida. En situaciones cada vez más audaces, más insolentes. Luego, a pensar que esta situación hay que arreglarla como se debe hacer en estos casos. Descartó eso de vigilarla y andarla siguiendo. Hay que solucionarlo como corresponde, se dijo para darse ánimo.
Ese día se encontraba solo, ya que ella estaba ya sabemos dónde. Y pronto debería volver. Le cruzó un chispazo de idea que se fue transformando en un pequeño y frío resplandor. Después, en un caliente fuego y, finalmente, en casi una explosión que le iluminó todo el recorrido hasta que encontró y sacó la vieja y clásica navaja y decidió con firme convicción… afeitarse la barba para no parecer tan viejo.
Una tarde más
Belleza en la decrepitud:
confusos tonos cromáticos,
musical evidencia no escuchada,
seguramente aromas que se despiden
y que nosotros no podemos percibir.
Brinda así la naturaleza su elíptica
clase vespertina de eternidad.
En forma casi gratuita.
Sólo nos pide un poco de respeto,
un mínimo instante de silencio y atención.
Nos reclamará luego el olvido,
para que todo ese acto acabe
teniendo sentido y propósito
y pueda con total indiferencia
volver a repetirse.
Nos vamos de compras
I.
No veo nada más intrascendente e insoportable que los excesivos y repetidos comentarios hechos por casi todo el mundo después de volver del hipermercado…
—¿Y qué…? ¿Te vas a poner a hablar de filosofía, de literatura… de política? ¿Para qué? Si no le interesa a nadie. Además, nada tiene arreglo…
Mientras abro los ojos para demostrar mi sorpresa, pasa a mi lado una señora que se me adelanta con pasos largos para entrar antes que yo al complejo de ventas más grande de la ciudad, con un celular en su mano derecha y un elegante carrito verde en su izquierda. No sé con quién dialogaba, pero sin saberlo me había contestado a mí.
Yo venía ensimismado dando lentos pasos en forma descuidada, casi a punto de pensar en voz alta, luego de haber estado cavilando en ese y otros razonamientos previos. El más importante de los cuales tenía que ver con la misión de describir un paseo por ese icónico lugar de compras, labor encomendada por una revista cultural con la que recientemente colaboro. La encontré mientras husmeaba por internet intentando hallar algunas páginas interesantes. También encontré allí a un viejo amigo de la juventud, creador de la mencionada publicación. Comentarios que van, réplicas que vienen y sin mucho trámite me propuso que le escribiera algo para la siguiente edición. “Uno de esos análisis como los que hacías en la facultad”, me dijo, utilizando la esperable nostalgia que todo momento como este no puede evitar. “¿Te acordás cuando estudiábamos la crítica al posmodernismo y la globalización? Andate al híper ese, el más grande de ciudad, y te escribís una crónica. Tenemos una sección de actualidad con ese formato”. Le comento mi parecer al respecto: que me resultan banales los comentarios acerca de cualquier cosa que se haga en esos lugares. “Con más razón”, me contesta, y me aconseja que sigamos la charla por una de esas aplicaciones de celular que usa todo el mundo. “Porque por aquí es más lerdo. Por el Whatsapp es más práctico”, fue lo último que me mandó por la casilla de mensajes de la página de la revista digital. Me vi obligado pues a seguir su recomendación e instalar la famosa red de contactos, cosa que me llevó unas cuantas y aburridas horas, ya que en el proceso estuve más en modo distracción que en modo predisposición.
Ahí nomás, se me vino a la cabeza que antes las charlas intranscendentes hacían referencias a las extraordinarias bondades del último modelo de teléfono celular que había aparecido y que siempre algún pariente o conocido había comprado y no se cansaba de elogiar, desplegando una interminable serie de botones y teclas que no volvería a ocupar jamás. “Sí, ya sé… lo del juguete nuevo. Pero eso ya fue… esto es otra cosa…”, argumentó mi amigo, cuando se lo comenté en el siguiente contacto. Yo insistí: “Es así, porque además nadie hace comentarios del mismo tipo cuando va a la verdulería o panadería del barrio, por lo menos no con el mismo énfasis, con el mismo nivel de importancia”. Como respuesta, recibí un: “Escribite todo eso entonces. Es para esta semana. Me lo mandás a mi celu, lo miro y listo”, me dijo a modo de despedida. No acudieron mis ganas de oponer resistencia, por lo que fue suficiente ese esfuerzo para convencerme.
Sin demasiada expectativa intenté rápidamente elegir un día y horario para encaminarme y cumplir con la campaña a la que me había comprometido.
II.
Luego del breve intercambio de opiniones con la apurada señora, continúo mi marcha decidido hacia la entrada y tomo un carrito para ir poniéndome a tono. En una de esas consigo sentirme parte, me digo no muy convencido. Mientras voy avanzando, alguien coloca delante de mi cara un folleto de ofertas, que tiene un cupón con un número… Hay un concurso, me dice la promotora. Es un sorteo por día, me asegura como animándome.
Ya adentro voy inevitablemente mirando, voy recorriendo, voy escuchando los comentarios de otros compradores. Empiezo casi sin darme cuenta a comparar etiquetas, a mirar marcas…
Recuerdo que en estos lugares es escaso el diálogo y que mucha gente va decidida a perder más tiempo del disponible por unos pocos pesos, ya que hay aire acondicionado en verano y calefacción en invierno. No me olvido, por supuesto, que casi siempre estamos en crisis y hablamos permanentemente de lo caro que están la papa o el detergente, y que cuando encontramos alguna oferta tentadora, no podemos dejar de compartirlo.
Voy dando lentos pasos, intentando prestar atención a lo que ocurre a mi alrededor. Más allá de que pueda contar todo esto, tengo que poder sacar alguna conclusión interesante, que sea digna de publicar, me digo. O tal vez, confirmar o desmentir alguna cosa al respecto. Estaba pues en estas mis cavilaciones, cuando de pronto, escucho por el altoparlante una machacona voz que avisa del inminente sorteo, dando detalles y características del artículo de que se trata… Para mi sorpresa, la suerte me favorece. “Ese es mi número”, digo en voz alta con un entusiasmo que me sorprendió. Justo en ese momento, la señora que entró antes que yo y que ya tenía el changuito lleno mira el mío vacío con cara de no entender nada. La niña que va adelante del atestado vehículo se da vueltas y le dice a su madre que el que acabo de ganar es el juguete que pensaba pedir para su cumpleaños. Por el mismo altoparlante, la misma voz machacona indica que luego de pasar por caja, los ganadores deben llevar el folleto a la sección Administración y Ventas en donde sacarán unas fotos mientras entregan los premios respectivos.
Sin perder de vista el objetivo que me había traído hasta este lugar y a pesar de la fortuna, aprovecho y hago un par de compras obvias para alguien que vive solo y no tiene nada para comer justo esa noche. Espacio final del día que dedicaré a tomar notas de estos actos. Que son más intrascendentes que los mismos, me repito. Pero las promesas hechas a los amigos hay que cumplirlas.
Reflexiones van, cavilaciones vienen y de pronto me encuentro haciendo la interminable y lenta cola para pagar. Instalado sin otra opción, aprovecho y observo que la enorme cantidad de gente a mi alrededor acepta con resignación estoica la espera. No puede ser de otra manera, me digo nuevamente. Como siento que estoy perdiendo el tiempo, intento darle alguna utilidad a la obligada circunstancia y le echo otra mirada al lugar con forzada atención. Los clientes miran, miran y miran como con unción las mercancías acomodadas muy geométricamente. Es como un templo. Todo lleno de miles y miles de artículos de la más inimaginable variedad… Recuerdo entonces aquello de que para ser ciudadanos hay que ser consumidores. Aparece también el concepto de la diferencia de clases. Vieja afirmación que no sé muy bien cómo encaja aquí…
Sigo juntando ideas para el escrito y voy agregando algunas. Seguramente me servirán. Como aquella de que también en tiempos idos, fueron otros y más importantes los artículos que representaban estatus. Además, mucha de la mercadería que ofrecen estos grandes centros está más baratas y a mano en los negocios de barrio… Me doy cuenta entonces, que se va justificando el artículo, pues por lo que parece algunas cosas han ido cambiando. Tal vez deba preguntarme si para bien…
Voy así ordenando en mi cabeza parte del texto que tendré que escribir. Una vez más, mis pensamientos son interrumpidos. En esta ocasión, por una impersonal voz que ordena “pase el que sigue…”.
III.
Cuando voy cruzando la playa de estacionamiento, y más allá de que sigo creyendo que la Sarlo y el Sebreli tenían razón, pienso en lo baratas que estaban las milanesas de pollo y la ensalada jardinera enlatada que llevo dentro de mi bolsa ecológica. Pero mi oculta satisfacción es que en medio de esa pobre compra va acomodado el libro aquel que presté hace ya mucho y nunca recuperé… Ese que me había dedicado el propio autor en la Feria del Libro. Cuando lo vi en la góndola de ofertas, tuve ganas de hojearlo y recordar un par de frases. Pero no pude, ya que viene prolijamente empaquetado en papel transparente. Así es que tendré que esperar, mientras coloco mi cena en el microondas, para reencontrarme con las contundentes sentencias del viejo Bayer.
Ah, el premio que me gané en el sorteo lo dejé descuidadamente en un carrito que encontré al pasar antes de la salida.
Casi a punto de cruzar la calle, una voz femenina interrumpe desde atrás mis incompletos razonamientos: “Dale, dale…”. Otra voz, esta vez infantil, me dice: “Gracias señor…”.
Desde el fondo
Nuestra alma atiende hoy por un instante.
Trata de mirar a través de nuestros ojos,
que, como sabemos, no siempre ven.
Algo sospechamos y no intentamos entender.
Por eso avanzamos.
Y nos animamos a aprender.
Atesorando esos efímeros empeños
como si fueran un alimento.
Intuiremos entonces
que no existe el alma.
Comprenderemos que sólo hay manifestaciones
que por miles hemos ido acomodando
y las hemos hecho provenir de ahí.
Con desorden, con fortuna
y casi sin esfuerzo.
