Diremos para empezar que ella no lo quiere a él hace bastante tiempo. Eso se ve en las actitudes, en las respuestas y, sobre todo, –esto lo sospechamos con certeza– en la intimidad. Anda con otro, dirán ya seguramente las vecinas. Y es así que por ahí no sorprenderá tanto lo que ocurrirá. Ella ha ido comentando con cuidado en tono de broma que, donde está terminando la tecnicatura, hay un profesor –al que llama por su nombre en diminutivo– que le sonríe, que parece más joven de lo que es, que está soltero. El marido, suponemos sin error, es bastante celoso, algo machista para la época y mayor que ella. Esto último quizá justifique sus atributos anteriores. Cada dos por tres, nuestros dos personajes arman casi la misma situación. Para ser más exactos, montan la misma escena. Ella repitiendo esto del docente que ahora conocemos. Y lo hace la mayoría de las veces en presencia de público, dentro y fuera de su casa. Él responde una y otra vez con el silencio.
Acumuladas las jornadas con estos montajes, se fueron juntando en el esposo un poco la bronca por los atrevimientos sufridos, otro poco la vergüenza ajena e, inevitablemente, el amor propio ese que sostiene los celos. Y el tipo ha entrado en estado de duda, en modo confusión. Y ha empezado a imaginar cosas. Primero, algunas posibles escenas en donde los protagonistas son la parejita consabida. En situaciones cada vez más audaces, más insolentes. Luego, a pensar que esta situación hay que arreglarla como se debe hacer en estos casos. Descartó eso de vigilarla y andarla siguiendo. Hay que solucionarlo como corresponde, se dijo para darse ánimo.
Ese día se encontraba solo, ya que ella estaba ya sabemos dónde. Y pronto debería volver. Le cruzó un chispazo de idea que se fue transformando en un pequeño y frío resplandor. Después, en un caliente fuego y, finalmente, en casi una explosión que le iluminó todo el recorrido hasta que encontró y sacó la vieja y clásica navaja y decidió con firme convicción… afeitarse la barba para no parecer tan viejo.
Una tarde más
Belleza en la decrepitud:
confusos tonos cromáticos,
musical evidencia no escuchada,
seguramente aromas que se despiden
y que nosotros no podemos percibir.
Brinda así la naturaleza su elíptica
clase vespertina de eternidad.
En forma casi gratuita.
Sólo nos pide un poco de respeto,
un mínimo instante de silencio y atención.
Nos reclamará luego el olvido,
para que todo ese acto acabe
teniendo sentido y propósito
y pueda con total indiferencia
volver a repetirse.
Nos vamos de compras
I.
No veo nada más intrascendente e insoportable que los excesivos y repetidos comentarios hechos por casi todo el mundo después de volver del hipermercado…
—¿Y qué…? ¿Te vas a poner a hablar de filosofía, de literatura… de política? ¿Para qué? Si no le interesa a nadie. Además, nada tiene arreglo…
Mientras abro los ojos para demostrar mi sorpresa, pasa a mi lado una señora que se me adelanta con pasos largos para entrar antes que yo al complejo de ventas más grande de la ciudad, con un celular en su mano derecha y un elegante carrito verde en su izquierda. No sé con quién dialogaba, pero sin saberlo me había contestado a mí.
Yo venía ensimismado dando lentos pasos en forma descuidada, casi a punto de pensar en voz alta, luego de haber estado cavilando en ese y otros razonamientos previos. El más importante de los cuales tenía que ver con la misión de describir un paseo por ese icónico lugar de compras, labor encomendada por una revista cultural con la que recientemente colaboro. La encontré mientras husmeaba por internet intentando hallar algunas páginas interesantes. También encontré allí a un viejo amigo de la juventud, creador de la mencionada publicación. Comentarios que van, réplicas que vienen y sin mucho trámite me propuso que le escribiera algo para la siguiente edición. “Uno de esos análisis como los que hacías en la facultad”, me dijo, utilizando la esperable nostalgia que todo momento como este no puede evitar. “¿Te acordás cuando estudiábamos la crítica al posmodernismo y la globalización? Andate al híper ese, el más grande de ciudad, y te escribís una crónica. Tenemos una sección de actualidad con ese formato”. Le comento mi parecer al respecto: que me resultan banales los comentarios acerca de cualquier cosa que se haga en esos lugares. “Con más razón”, me contesta, y me aconseja que sigamos la charla por una de esas aplicaciones de celular que usa todo el mundo. “Porque por aquí es más lerdo. Por el Whatsapp es más práctico”, fue lo último que me mandó por la casilla de mensajes de la página de la revista digital. Me vi obligado pues a seguir su recomendación e instalar la famosa red de contactos, cosa que me llevó unas cuantas y aburridas horas, ya que en el proceso estuve más en modo distracción que en modo predisposición.
Ahí nomás, se me vino a la cabeza que antes las charlas intranscendentes hacían referencias a las extraordinarias bondades del último modelo de teléfono celular que había aparecido y que siempre algún pariente o conocido había comprado y no se cansaba de elogiar, desplegando una interminable serie de botones y teclas que no volvería a ocupar jamás. “Sí, ya sé… lo del juguete nuevo. Pero eso ya fue… esto es otra cosa…”, argumentó mi amigo, cuando se lo comenté en el siguiente contacto. Yo insistí: “Es así, porque además nadie hace comentarios del mismo tipo cuando va a la verdulería o panadería del barrio, por lo menos no con el mismo énfasis, con el mismo nivel de importancia”. Como respuesta, recibí un: “Escribite todo eso entonces. Es para esta semana. Me lo mandás a mi celu, lo miro y listo”, me dijo a modo de despedida. No acudieron mis ganas de oponer resistencia, por lo que fue suficiente ese esfuerzo para convencerme.
Sin demasiada expectativa intenté rápidamente elegir un día y horario para encaminarme y cumplir con la campaña a la que me había comprometido.
II.
Luego del breve intercambio de opiniones con la apurada señora, continúo mi marcha decidido hacia la entrada y tomo un carrito para ir poniéndome a tono. En una de esas consigo sentirme parte, me digo no muy convencido. Mientras voy avanzando, alguien coloca delante de mi cara un folleto de ofertas, que tiene un cupón con un número… Hay un concurso, me dice la promotora. Es un sorteo por día, me asegura como animándome.
Ya adentro voy inevitablemente mirando, voy recorriendo, voy escuchando los comentarios de otros compradores. Empiezo casi sin darme cuenta a comparar etiquetas, a mirar marcas…
Recuerdo que en estos lugares es escaso el diálogo y que mucha gente va decidida a perder más tiempo del disponible por unos pocos pesos, ya que hay aire acondicionado en verano y calefacción en invierno. No me olvido, por supuesto, que casi siempre estamos en crisis y hablamos permanentemente de lo caro que están la papa o el detergente, y que cuando encontramos alguna oferta tentadora, no podemos dejar de compartirlo.
Voy dando lentos pasos, intentando prestar atención a lo que ocurre a mi alrededor. Más allá de que pueda contar todo esto, tengo que poder sacar alguna conclusión interesante, que sea digna de publicar, me digo. O tal vez, confirmar o desmentir alguna cosa al respecto. Estaba pues en estas mis cavilaciones, cuando de pronto, escucho por el altoparlante una machacona voz que avisa del inminente sorteo, dando detalles y características del artículo de que se trata… Para mi sorpresa, la suerte me favorece. “Ese es mi número”, digo en voz alta con un entusiasmo que me sorprendió. Justo en ese momento, la señora que entró antes que yo y que ya tenía el changuito lleno mira el mío vacío con cara de no entender nada. La niña que va adelante del atestado vehículo se da vueltas y le dice a su madre que el que acabo de ganar es el juguete que pensaba pedir para su cumpleaños. Por el mismo altoparlante, la misma voz machacona indica que luego de pasar por caja, los ganadores deben llevar el folleto a la sección Administración y Ventas en donde sacarán unas fotos mientras entregan los premios respectivos.
Sin perder de vista el objetivo que me había traído hasta este lugar y a pesar de la fortuna, aprovecho y hago un par de compras obvias para alguien que vive solo y no tiene nada para comer justo esa noche. Espacio final del día que dedicaré a tomar notas de estos actos. Que son más intrascendentes que los mismos, me repito. Pero las promesas hechas a los amigos hay que cumplirlas.
Reflexiones van, cavilaciones vienen y de pronto me encuentro haciendo la interminable y lenta cola para pagar. Instalado sin otra opción, aprovecho y observo que la enorme cantidad de gente a mi alrededor acepta con resignación estoica la espera. No puede ser de otra manera, me digo nuevamente. Como siento que estoy perdiendo el tiempo, intento darle alguna utilidad a la obligada circunstancia y le echo otra mirada al lugar con forzada atención. Los clientes miran, miran y miran como con unción las mercancías acomodadas muy geométricamente. Es como un templo. Todo lleno de miles y miles de artículos de la más inimaginable variedad… Recuerdo entonces aquello de que para ser ciudadanos hay que ser consumidores. Aparece también el concepto de la diferencia de clases. Vieja afirmación que no sé muy bien cómo encaja aquí…
Sigo juntando ideas para el escrito y voy agregando algunas. Seguramente me servirán. Como aquella de que también en tiempos idos, fueron otros y más importantes los artículos que representaban estatus. Además, mucha de la mercadería que ofrecen estos grandes centros está más baratas y a mano en los negocios de barrio… Me doy cuenta entonces, que se va justificando el artículo, pues por lo que parece algunas cosas han ido cambiando. Tal vez deba preguntarme si para bien…
Voy así ordenando en mi cabeza parte del texto que tendré que escribir. Una vez más, mis pensamientos son interrumpidos. En esta ocasión, por una impersonal voz que ordena “pase el que sigue…”.
III.
Cuando voy cruzando la playa de estacionamiento, y más allá de que sigo creyendo que la Sarlo y el Sebreli tenían razón, pienso en lo baratas que estaban las milanesas de pollo y la ensalada jardinera enlatada que llevo dentro de mi bolsa ecológica. Pero mi oculta satisfacción es que en medio de esa pobre compra va acomodado el libro aquel que presté hace ya mucho y nunca recuperé… Ese que me había dedicado el propio autor en la Feria del Libro. Cuando lo vi en la góndola de ofertas, tuve ganas de hojearlo y recordar un par de frases. Pero no pude, ya que viene prolijamente empaquetado en papel transparente. Así es que tendré que esperar, mientras coloco mi cena en el microondas, para reencontrarme con las contundentes sentencias del viejo Bayer.
Ah, el premio que me gané en el sorteo lo dejé descuidadamente en un carrito que encontré al pasar antes de la salida.
Casi a punto de cruzar la calle, una voz femenina interrumpe desde atrás mis incompletos razonamientos: “Dale, dale…”. Otra voz, esta vez infantil, me dice: “Gracias señor…”.
Desde el fondo
Nuestra alma atiende hoy por un instante.
Trata de mirar a través de nuestros ojos,
que, como sabemos, no siempre ven.
Algo sospechamos y no intentamos entender.
Por eso avanzamos.
Y nos animamos a aprender.
Atesorando esos efímeros empeños
como si fueran un alimento.
Intuiremos entonces
que no existe el alma.
Comprenderemos que sólo hay manifestaciones
que por miles hemos ido acomodando
y las hemos hecho provenir de ahí.
Con desorden, con fortuna
y casi sin esfuerzo.
Enseñemos a cuidar
I.
Apenas empezamos las clases, la seño nos dijo que podíamos anotarnos en el nuevo proyecto que la directora había armado para este año. Es sobre ecología. Eso que tiene que ver con cuidar el planeta. Nos dijo que nosotros podemos ayudar para que no se siga ensuciando y así evitar que se enferme. Porque si le llega a agarrar alguna enfermedad, nos contagia a todos. Tiene que ver con eso del aire, del agua, de las plantas y de los animales, porque todos ellos forman parte de la vida en la Tierra.
Hace ya unas cuantas semanas que arrancamos. Primero había que escuchar unas charlas y explicaciones, después escribir todo en el cuaderno y finalmente anotarse. Porque se trataba de armar un equipo que iba a tener la responsabilidad de llevar adelante el proyecto, como dijo la señorita Marisa. Y eso no era poca cosa. Como la idea me pareció buena y esos que siempre sacan las mejores notas no estaban, me anoté. Terminamos quedando los que más ganas teníamos. Al que le interese, había dicho la seño Marisa. Además, según mi papá, esas cosas son las que nos van a preparar a nosotros los niños para cuando nos tengamos que hacer cargo de todas esas responsabilidades de los grandes.
Otra cosa que me gustó es que está pensado como un juego, más allá de que es en serio. Y según la seño hasta en una de esas, si se enteran los señores importantes, nos dan un premio y todo.
Ahora, somos los “Niños cuidadores del ambiente”. Nos encargamos de mantener limpios el patio y los pasillos para entrar a las aulas. Mi mamá cuando le conté me preguntó si nos hacían limpiar con escobas y lampazos. Yo le dije que no porque ese era el trabajo de Jorge y Elena, que son los celadores. Nosotros formamos una brigada, aunque ese nombre no quiso la señorita Marisa que fuera porque sonaba muy militar, que se encarga de recoger todos los papelitos, cajitas y bolsitas en donde vienen los caramelos, galletas, alfajores y demás cosas que nos dan en la casa o compramos para la merienda. Apenas suena el timbre que indica que el recreo se te terminó, los cinco del equipo titular, si es que no ha faltado alguno porque si no entra uno de los suplentes, tenemos la tarea de no dejar ni rastro sobre los pisos de baldosa. Lo que levantamos lo llevamos a unos canastos todos pintados de verde y con letras blancas que dicen los nombres del proyecto y del equipo de cuidadores. Ese nombre se lo pusimos nosotros luego de una votación y salvo el que más me gustaba y que no quedó, los otros no eran muy buenos.
Así, día tras día llenamos los enormes tachos con todo lo que nuestros compañeros tiran al piso mientras disfrutan de los descansos.
Con el correr de los días nos hemos convertido en expertos y hasta hacemos puntería con algunos envases que bien arrugados forman pelotitas con las que acertamos las más de las veces adentro. Cuando terminamos nuestra importante tarea nos vamos formaditos cada uno a su aula con la alegría de saber que estamos haciendo algo bueno. No tardamos mucho, porque si no te retan. Eso fue lo primero que nos dijo la seño Marisa. Lo segundo fue que nosotros teníamos que dar el ejemplo, o sea prohibido tirar nada al piso.
Como la cosa comenzó a llamar la atención, y gracias al apoyo de algunos comerciantes que son vecinos de la zona, conseguimos guantes y hasta chalecos de color verde clarito en donde la mamá de la Angelita nos cosió a todos un escudito con las iniciales del equipo de cuidadores.
La señora directora nos ha felicitado esta semana y nos ha dicho que cualquier día de estos vendría la supervisora a mirar en persona el funcionamiento del proyecto.
II.
Qué se habrán creído esos cuidadores. Hacerse los importantes porque recogen la basura del patio después de los recreos. Resultaron más forros y caretas que los que siempre se sacan diez y a los que la maestra los vive elogiando. Qué bien hacen esto, qué bueno aquello, ojalá sigan así, no como otros, refiriéndose a nosotros por supuesto. Y nosotros lo único que queremos es que no nos den tanta tarea y nos dejen jugar a la pelota. Pero resulta que no se puede, una porque hace una bocha de tiempo que no tenemos profe de educación física y otra cuando nos toca esa hora nos la pasamos repasando las cuentas y los verbos.
Pero ahora van a ver. Les tenemos preparada una a esos cuidadores. Querían llamarse brigada, como si fueran milicos, y a pesar de que usan como un uniforme no tienen ni pinta. Nosotros en cambio sí estamos armando un grupo tipo comando, y los vamos a agarrar a esos. Como la idea fue mía, me eligieron jefe y busqué entre los más piolas y ya tenemos cinco voluntarios que están dispuestos a llevar la misión adelante. Le hemos puesto nombre y todo. Ya van a ver.
III.
Las primeras bombitas con agua y tinta impactaron de lleno en el grupo de los cuidadores. Los comandos, aprovechando la sorpresa -que había sido cuidadosamente evaluada como el más importante elemento a favor- consiguieron hacer puntería. Las restantes se estrellaron contra las paredes, las columnas que las interrumpían y alguno que otro compañero ajeno al conflicto y que recibía el proyectil producto de las esquivadas de los atacados. Los atacantes, una vez terminado de arrojar su arsenal, corrieron con las cajas vacías a esconderse en la sala de música, a la que nadie entra hace un montón, justo cuando sonaba el timbre avisando que el recreo se había ido.
IV.
Un problema de disciplina tienen aquí, había dicho la supervisora, que cayó justo el día en que estaba el personal docente enfrentando el caso de la batalla de los que limpian y de los que ensucian. La directora le había avisado que quería mostrarle el resultado del proyecto de ambiente y les había comunicado a los chicos de la inminente visita. Ese día por lo tanto unos y otros se habían esmerado.
Parados en una de las galerías que da a la entrada de las aulas, y cuando ya se había ido el último recreo, los cuidadores totalmente manchados habían abandonado la idea de que los felicitarían. En una de esas nos dan un premio, había dicho ilusionado uno de ellos antes del ataque.
Los comandos, con las huellas en los dedos que los delataban, no habían podido deshacerse de los dos recipientes de cartón que contenían los proyectiles. Del otro lado de la ventana, la que da al patio viejo, no pudieron encontrar al que tenía que hacer el trabajo de hacerlos desaparecer. De cualquier manera, el “plan de enchastre” había funcionado.
V.
Las dos se han quedado ahí paradas, la supervisora y la directora. Charlan con el señor nuevo que ha empezado a atender el quiosco donde los chicos compran la merienda.
—Ah, él es Carlos Vargas, el joven que hace unos días se ha hecho cargo del buffet. Fue alumno de esta escuela –dijo la señora directora.
—Mucho gusto. Soy la supervisora. Justo hoy se juntó todo. De cualquier manera y más allá del problema de disciplina, habrá visto el trabajo de estos chicos que mantienen limpio el patio y adquieren así conciencia ambiental.
—Ah, sí… Se ve muy bueno…
VI.
—¿Cómo te fue hoy con la atención en el quiosco, cariño?
—Bien. Aunque hay algo que no entendí. Han armado un programa de ecología, pero me parece que le están enseñando a los pendejos que pueden ensuciar sin ningún cuidado, porque total tienen cinco compañeros que recogen la basura. En fin, ellos son los que saben…
Mis primeras voces
SENTIMIENTOS
Tomé de tu corazón las semillas
que luego arrojé en mi duro jardín.
De ellas han nacido flores sencillas
que nos bañan con su aroma sin fin.
¡Oh, te pido mi Dios
que jamás arranquemos
las flores que queremos
ninguno de los dos!
1975
