Demasiado preocupados, demasiado desagradecidos. Transitando sin saber el camino, buscando pretenciosamente afirmarnos en nuestra esencia utilizando nuestra conciencia. ¿Existen tales cosas? Bueno, anduvieron algunos indagando por ahí. Yo también estuve husmeando. Nunca me gustaron las soluciones anticipadas ni las respuestas de antemano. Siempre me incomodaron tantas admoniciones, tantos espectros y aparecidos, de los amables y de los otros. Pero, qué tal si intentamos con algo que se sustente en la razón, en la sensibilidad, en la alegría del hacer. No sólo para uno mismo, también para el otro. Y hacer el esfuerzo de sentirse bien con eso. Aunque suene como a poco, aunque parezca finalmente como desamparo. Y tener que arreglárselas solito con todo. Quizá nos sentiremos aliviados de ya no contar con la seguridad de la trascendencia. ¿Entonces, deberemos creer más en nosotros, en nuestras fuerzas? Parece que hace rato de eso se trata. Precisaremos de la confianza que nos prepare para hacer cosas grandes, aunque terminen pareciendo pequeñas. ¿Y si son mayúsculas las dificultades y problemáticos los desafíos? Más firmes e ineludibles deberán ser los esfuerzos puestos en lo que hagamos o enfrentemos. Cómo, se preguntarán unos pocos interesados. Apropiándonos con total legitimidad de ese espíritu fácilmente disponible, que cada tanto aparece en algunos gestos y actitudes de aquellos que nos hacen quedar bien como raza humana. Que afortunadamente por acumulación terminan siendo cotidiana abundancia, a pesar de la mezquina memoria. ¡Por favor! No se desperdicia la paciencia de alguien que desde algún lugar, ayer o ahora, nos escucha y nos da una ayudita en ese sentido.
Probemos: sin reproches, sin lamentos, sin maltrato en el día tras día. Tal vez con eso alcance. Ojalá con eso sobre. Arranquemos. Seguro no hará falta más.
Salmo del desencanto
Parece que todo se acomoda y ahí nomás, nada, todo sigue igual. Esperamos que alguna cosa cambie y todo continúa en el mismo lugar. ¡Ah! ¿Qué hacer con esas sensaciones tan penetradas en nosotros? Tan ancestrales. Nos consolamos recordando que vienen con la memoria del ser humano. Tan antiguas. Ilusionamos, ansiamos, apostamos por fuerzas que quizás no tengan por qué darnos el gusto, ni cumplirnos los deseos. Tan atávicas. Pero sin embargo, seguimos apoyándonos en eso que parece mágico, que pertenece a un mundo supuestamente mejor. Inseguros, ingenuos, angustiados. Con el peso de vivir viejas verdades que mañana ya no serán tales. Contrariados por nuestra suerte, no nos sentimos cómodos al tener que vagar por este sitio que tantas veces nos resulta tan incomprensible. Y ahí nomás, ponemos el contacto en esa sintonía que nos escuche, instalada para atender nuestros reclamos, con la obligación de recomponer nuestras dificultades, de resolver de buena manera nuestras inquietudes y dejarnos conformes hasta la próxima vez. Porque siempre hay una siguiente: un dolor, una carencia, un clamor. Exigiendo nuevamente justicia desde la neblina.
Dificultades de una historia
No te vuelvas adicto al pasado,
me dijeron venerables sabedores de antaño.
¿Tengo entonces que olvidarme
de lo que he recorrido?
Está bien, lo reconozco,
no recuerdo todo lo que he ido dejando atrás,
y de aquello que la memoria
me concede rescatar,
ya no estoy tan seguro
de que sea lo que realmente pasó.
¿Realmente?
Hoy carezco de palabras
contra ese cuestionamiento.
A pesar de todo,
hago seguido esos viajes,
visitando tristezas y satisfacciones.
Pero siempre vuelvo,
esquivando por supuesto
las trampas del arrepentimiento.
Tal vez no sea tan malo
y quizá sea necesario
ir cada tanto reversionando aquellas cosas
que por algo nos sucedieron.
Reflexiones algo lejanas
En ocasión de percibir la magnitud que nos da el infinito en esos planos tan inaprensibles de espacio y tiempo, es que podemos concebir lo enorme y también lo pequeño. Pero no sucede en forma simultánea. Es infrecuente que eso ocurra así.
Miramos una noche cualquiera unos puntos brillantes colgados de un cielo más o menos oscuro y ahí está lo inabarcable. Aquello, la inmensidad, es apreciado con maravilla, con asombro, con incomprensión. No se puede imaginar lo que no tiene fin en toda su plenitud y por esa razón lo fuimos colocando en el lugar de lo mayor, de lo inalcanzable. Y lo pudimos entender tan solo con nuestros ojos casi desde que nos paramos en dos piernas. Ahí arriba están los dioses.
Por otro lado, en otra instancia, por alguna azarosa razón, sin darnos cuenta de que forma parte de un inevitable contraste que tarde o temprano debía aparecer, tal vez notemos que a medida que aumenta el tamaño de todo lo que entra en lo interminable, se empequeñece lo que sí tenemos al alcance de la mano. O sea, los instantes y los lugares en donde llevamos adelante nuestras vidas.
Bajo otra circunstancia y quizá motivados por la curiosidad o la casualidad, nos sorprenderán un par de universos más diminutos aún. El reino de lo minúsculo, al que fuimos con paciencia de siglos desbrozando con aparatos cada vez más inquisidores, y finalmente, el imperio de lo no visible, de lo inentendible: la entraña más mínima del átomo.
Probablemente se nos ocurra en esa situación comparar: advertiremos quizá la similitud especular, confirmando en la oportunidad lo que decía aquel antiguo griego cuando sostenía que “lo que es arriba es abajo”. Conscientes o no de ser prisioneros, flanqueados por esas dos enormes perplejidades, a lo mejor nos demos cuenta de ser parte de un insignificante pedazo de momento. Es entonces que se revelará detrás de toda esta intrincada comparación nada más ni nada menos que la sencilla plenitud del llano en que nos movemos. Tan solo la suficiencia de un pestañeo y la confianza de una sonrisa igualan en grandeza a aquello que está en el cenit y en la hondura nanominúscula. Aparece así lo único a lo que podemos aferrarnos para no caer en esos abismos insondables e indiferentes. Acá abajo, como dijimos, está la existencia. Esa materialidad tan imperceptible y a la vez tan presente y destinada a escapársenos, hecha con la sustancia de caprichosos segundos, minutos, horas, días y años. Ese intento enternecedor, brillante y triste de opacar aquella magnificencia abrazándonos a nuestra pequeñez y a la fragilidad de lo efímero.
Un regreso sin llegada
El piso de piedras roto, hojas desparramadas, vestigios de racimos aplastados y atrevidos vendavales que han jugado con todos ellos, dándoles cambiantes y caprichosas estructuras que intentan imitar alguna forma de arte. Colores, materiales y hasta tenues olores que siguen invadiendo con desgano el espacio limitado por esas paredes que también están deterioradas. Han ido perdiendo la pintura primero y luego el enlucido que ya casi no cubre los ladrillos, que tampoco conservan su tonalidad y su firmeza originales. No pudo el lugar defenderse. Pálido registro de lo que no hace tanto fue cómodo y agradable.
Así también estemos seguramente los que pasamos por acá y todavía perduramos. Muchos de aquellos que volvemos por una u otra razón al sitio de donde alguna vez partimos. Y nos paramos como en casa. Sí, el gran patio fue nuestro refugio, nuestro orgullo, nuestro hogar de secretos, casi mágico.
Hoy también nos acompaña, pues solidariamente ha recibido todos esos embates y empieza a recorrer el camino final como nosotros, aunque nos haya sacado ventaja: fue quieto cómplice de arcoíris, eclipses, cometas, tormentas y de soles viajeros que no pudimos ver, y callada compañía de quienes ya no están. No corresponde pues intentar salvarlo. Será tarea de otro ciclo. No hay ganas de que vuelva a ser lo que alguna vez fue. Como tampoco, lo que alguna vez fuimos. Vinimos sabiendo que nadie debe volver al lugar donde fue feliz.
La ciencia lo hizo de nuevo: festejo terraplanista
Podría empezar diciendo sin temor a equivocarme que los dos tienen razón. Aquel que afirma que la Tierra es redonda y el otro que sostiene que es plana. Esto es así porque acaba de publicarse el primer estudio que demuestra la doble naturaleza de la estructura de nuestro planeta.
Ahora bien, para empezar digamos que durante una cantidad importante de años se creyeron en diversas verdades que intentaban explicar todo aquello que no se entendía o que se necesitaban para entender otras cosas. Y de que eso ocurrió, en algunos momentos de la historia, en forma simultánea. Es decir que convivían postulaciones y teorías contradictorias que eran tomadas como ciertas. Compartían ese complejo ámbito, filosofía y religión. Estas cambiantes creencias, lo sabemos hoy gracias a la ciencia, se originaban en el pensamiento ingenuo, ese de las primeras apariencias. A medida que las fórmulas matemáticas fueron invadiendo este campo y se construyeron los aparatos y laboratorios adecuados, todo ese andamiaje fue variando.
Yendo sin más trámite a la novedad, la hipótesis que postula la doble naturaleza de la Tierra dice en esencia que desde una posición dada en el espacio de un cuerpo –llamémoslo “A”- que representa una esfera ligeramente achatada, y otro, llamémoslo “B”, un rectángulo que coloca a nuestro planeta en el plano de dos dimensiones, se hace la intersección entre el lado más largo y la circunferencia mayor, lográndose así la unión de dos dimensiones en tres. Como se podrá apreciar, la figura-cuerpo resultante no está registrada en ningún manual de geometría euclidiana. Ahora bien, a continuación aplicamos la conjunción del ámbito de las apariencias con el de la evidencia empírica obteniendo la doble naturaleza aludida: la estructura-sistema-dimensión. Este último término, de tres componentes, es el que termina definiendo la completa morfología de nuestro planeta: caminamos, andamos en bicicleta, manejamos un auto y no podemos escapar a la “evidencia” de lo plano ni a las leyes y reglas físicas que se desprenden de él; pero apenas nos despegamos de las influencias mencionadas, dejamos de estar bajo sus efectos y quedamos sometidos al imperio, pequeño pero suficiente, de lo curvo. Esto es posible ya que aplicando la extensión de la tercera inferencia del concepto espacio-tiempo, la curvatura correspondiente al eje cónico hace inevitable que la dimensión rectángulo tome la forma cilíndrica primero y definitivamente esférica después. Así pues, dependiendo en qué lugar se encuentre ubicado el observador, la estructura dominante será una u otra. Como corolario se desprende en forma intuitiva que esa preeminencia no anula a la otra, y viceversa.
Podría argumentarse que esta segunda posición parte de lo plano y por lo tanto ésta sería la original y total forma de la Tierra. Pero la diferencia la hace la influencia del pasaje axial referido, concepto que engloba un nuevo impacto dimensional y que alcanza una inédita estructura, si bien –como ya se dijo- sin dejar atrás las anteriores.
La formulación y posterior validación de esta hipótesis fue hecha por un grupo de estudiantes avanzados de un conocido instituto tecnológico americano, guiados por expertos en distintas disciplinas relacionadas. Según se afirmó, una antigua academia de ciencias europea tiene prevista una exposición abierta sobre el tema, a donde han sido invitadas reputadas personalidades del conocimiento para debatir la teoría. No sería de extrañar que poderosos empresarios financiaran programas para avanzar en las correspondientes observaciones experimentales. Se descuenta la candidatura a numerosos premios para los integrantes del equipo que ha podido terminar con este clásico enfrentamiento de la comunidad astrofísica.
