Cae el poema

Atrevida palabra
que se desplaza junto con otras
intentando completar una elipse,
y las más de las veces termina
borroneando una parábola.
Curva liviana que alguien en algún momento
tendrá que completar
o que otro intentará cerrar.

Con la fuerza de una estrella
o la convicción de un cometa
o como un perdido y minúsculo
cuerpo errante en el éter,
que busca, pero sabe su rumbo…

Arropando imágenes oscuras o sugestivas
y ocultas premoniciones.
Indagando resplandores
y olvidados sonidos y aromas.
Indómita vitalidad, amigables voces…

Atropellando con toda esa carga,
para luego desempolvarse y gritar:
¡Salgamos pues de la cueva!

Así, la itinerante poesía,
nutrida por ese particular
instinto y una inexplicable seguridad
impacta en el descuido
del que escribe sin saber
cuál será el puerto, quién el corazón
que recibirá una estrella, un cometa
o una forma que, en su fatal fugacidad,
se precipite al indiferente abismo
consiguiendo un brillante final.

Sendero de ida y vuelta

Se va yendo lo soñado
en el intento.
El mejor anhelo movió
tantas noches nuestro esfuerzo
para que a la mañana cansados
estuviéramos un pasito más cerca.
Y el vacío siguió ahí.

Un día cualquiera
encontrarse retrocediendo:
fue el tiempo
de recuperar las ganas.
Mientras, el vacío nos vigilaba
desde el mismo lugar.

Una jornada,
(tal vez/seguramente)
adueñada por la sorpresa
y la ansiedad,
alcanzar lo previsto.
Y saber que merecidamente el festejo
será grande y generoso.

Afortunado si el vacío es casi el mismo
que sentiste cuando empezaste.
Otro necesario y pretencioso vacío.

PLENITUD Nº 2

Sabemos que una flor
nos refresca
las vueltas alocadas de los astros.
Quizás una especial fotografía
encontrada al acaso
comparta esa misión.
Tal vez haya podido ser ese animalito
que se nos fue después
de años de dedicados días,
o el arcano jarrón de la abuela
que una mañana se nos resbaló
al querer limpiarlo.
No dudo de todo esto.
Pero sé también con tranquila certeza
de alguien que contrarresta esos embates,
desmintiendo todos esos asertos,
y aun en sus flaquezas,
combate contrariando
esas eternas vigencias.
Ella…
Acompañante de mi suerte.

Criptopoema para desendeudarse

Para que no haya más remedio
que atesorar eso que se va con el viento.
Que el interés de vez en cuando
persiga alguna otra ilusión
y que todo lo que invierta el corazón no se desvalorice
por culpa de los necesarios vaivenes de mi historia.

Que el ahorro pueda ser un ejemplo;
acumular un gran capital, el motivo
del mejor regalo;
y el esfuerzo, un camino sin pérdidas.

Asegurar el futuro no debería
estar financiado en cuotas,
ni el remanido derrame
ser solo un devengado accidente.

Que cualquier derroche de espíritu no se pague
más caro que una falta o un pecado.
Que un superávit de entusiasmo
nos capitalice más allá de cualquier frontera,
que el optimismo no sea un riesgo y vuelva a cotizar
con altas tasas positivas.

Y que el amor -tan ingenuo, descuidado y caprichoso-,
sin especulaciones
sea el garante de última instancia
de operaciones a largo plazo.

De a ratos, lo que temo por inestable y volátil
es caer en la ambición que nos lleve a deber,
apoyados en la comodidad que nos navega los días.
Así, para cuando cierre el balance,
que en el haber no queden sólo sobrantes
empeños de antaño
ni amortizadas promesas de porvenir.

Mapa incorrecto para perderse sin preocuparse

Había que cumplir, siempre.
Era casi obligatorio festejar
cuando se escuchaban campanadas,
aunque no fueran para nosotros
esos tañidos.
Debe de ser algo bueno,
nos decían aquellos en quienes confiábamos.
Los mismos que nos aconsejaron amablemente
en eso de ser buena
o no ser mala persona…
Otros, luego, insistirían con lo mismo,
pero no tan amigablemente.
Más veces de lo necesario,
nos fue difícil encontrar lo de la lucidez y la conciencia.
Tanto como entender de un solo golpe
las cosas realmente importantes
como poner incómodos a fóbicos y fanáticos.
Hijos del rigor somos, se decía.
¿Y entonces, qué hacemos?
me preguntaba ya de niño,
cuando todo esto no me había agregado
más dudas e interrogantes,
pero intuía que algo no andaría tan bien
y sospechaba que sólo habría que obedecer.
Ahora, sé que a pesar de aquella misma insistencia,
sólo nos queda atesorar
un hato de realidades subjetivas:
afortunadamente siempre habrá
unos errantes primeros pasos,
alguna inolvidable sonrisa
y una final luz todavía prometida.

Jorge Luis anduvo por la vida

No sin esfuerzo logró soportar las cosas de su tiempo, esas que le resultaron tan ajenas, tan extrañas y que sin embargo se esmeró en considerar propias a través de innumerables líneas imbricadas de metáforas y comparaciones.
Visitó jardines sin mirar flores ni plantas y entró en laberintos de los que salió sin necesitar de ningún hilo mitológico. Y esto no porque sus ojos agónicos no lo pudieran ayudar, sino porque era amo de universos mágicos creados a base de signos estampados en pieles de felinos, en la inapreciable vida interior de figuras que deambulan esclavizadas por un dios sobre sesenta y cuatro casillas, en repetidos duelos de filosos aceros a los que nos les importa el dueño.
También manejó historias lejanas contadas por arenas, palimpsestos, sabios, demiurgos y heresiarcas que la memoria de los tiempos ya no registra. Invirtió la sustancia de muchos relojes, por supuesto, recorriendo anaqueles donde pululan páginas que escriben constantemente ensueños que necesiten ser leídos y de las cuales robó confesamente mucho de lo que llevó a la tinta.
Se apropió de un vasto abolengo que se esparcía por geografías de caprichosos matices: runas, batallas, mapas, dialectos y algunos crímenes conformaban sus apellidos pasados, de los que terminó sin remedio alardeando como buen orillero cosmopolita.
Cantó algunas bajezas de nuestra historia, disfrazó valentías en extraños, les puso cualidades a aquellos que a veces cierta literatura olvida, pero no cedió a la tentación de convertirlos en héroes.
Abominó de espejos, de inmortales desesperados y de iglesias vanas. Arrastró cortésmente amistades. Apreció la compañía de algunas mujeres con las que repartió cartel en algunas tapas. Cultivó varias lenguas, en las que intentó descubrir verdades que sabía que ignoraba.
Desconfió acertadamente de casi todas las popularidades: deportivas, políticas y por supuesto artísticas. Su boca fue acompañando la historia de la patria con algunas cosas incómodas e inapropiadas, mas llegó a ser casi inimputable para la justicia de su época. Su mano, una y otra vez, volvía a resurgir en las cargas de lanceros, en las precisas rimas en seis cuerdas, en la permanente fundación de una ciudad a veces tan difícil de entender como él.
Acompañó con piedad nuestras limitaciones existenciales, mientras nos recordaba hasta el cansancio el hermoso y ordenado caos, del que él hizo la definitiva vindicación.
Permanentemente se perdió en sí mismo para convertirse en sí mismo, viviendo esa otra realidad, la de sus sueños.
Su madre fue su familia junto a nórdicos, animales fabulosos y tigres que al principio daban miedo allá en Ginebra y que compartieron ya en confianza su patio en un suburbio más al sur y que volvieron con él a ese punto de partida, como siendo uno más de sus relatos.
Completó una obra genial y contradictoria. Y como toda contradicción, tenía y tiene incondicionales y detractores. Muchos de los primeros y de los segundos poco o nada saben de esa obra. Lo admiran o lo vilipendian porque es admirado o vilipendiado. Sin haber leído ni una sola línea.
Confesó haber cometido un solo pecado, pero tal vez no sea él sino el otro, o los otros que viven en él.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar