Lo leí en la página de un diario que me llegó por casualidad. Al autor le habían otorgado el Nobel de Literatura. La procedencia de un país de la entonces Europa del Este, su imagen de artista comprometido con la situación de su patria y la discusión que eso todavía generaba por aquel entonces, plena década de los ochenta, hacían más atractiva las ganas de siempre de leer.
Lejos de todo esto, la sensación de simpleza, contundencia y, sobre todo, la fortaleza del poeta para utilizar su única herramienta para plantarse e intentar rescatar un valor que concentrara el sentimiento de pertenencia, me llevaron a no olvidarlo.
El mundo ya había empezado a cambiar, como siempre, casi sin avisar. Y seguiría haciéndolo prácticamente década por década, sorprendiéndonos cada vez. Entre esos cambios, me quedó la impresión de que el arte ya no sería jamás un arma para combatir injusticias, atropellos, opresiones, sino sólo una atalaya para alzar la voz. Creo que este pequeño texto aquí salvado empezó a representar un poco eso.
Cuando contemplo Praga,
y lo hago constantemente
con el aliento entrecortado
porque la amo,
vuelvo mi mente hacia Dios,
dondequiera que esté,
más allá de la niebla sideral
o apenas detrás de ese biombo apolillado,
para agradecerle el haberme concedido
este magnífico lugar para que yo viva.
Así pues, sea despellejado vivo
quien ponga sus manos sobre esta ciudad.
No importa quién sea,
no importa cuán dulcemente
toque su flauta.
JAROSLAV SEIFERT
