Rescatando Letras

Lo leí en la página de un diario que me llegó por casualidad. Al autor le habían otorgado el Nobel de Literatura. La procedencia de un país de la entonces Europa del Este, su imagen de artista comprometido con la situación de su patria y la discusión que eso todavía generaba por aquel entonces, plena década de los ochenta, hacían más atractiva las ganas de siempre de leer.
Lejos de todo esto, la sensación de simpleza, contundencia y, sobre todo, la fortaleza del poeta para utilizar su única herramienta para plantarse e intentar rescatar un valor que concentrara el sentimiento de pertenencia, me llevaron a no olvidarlo.
El mundo ya había empezado a cambiar, como siempre, casi sin avisar. Y seguiría haciéndolo prácticamente década por década, sorprendiéndonos cada vez. Entre esos cambios, me quedó la impresión de que el arte ya no sería jamás un arma para combatir injusticias, atropellos, opresiones, sino sólo una atalaya para alzar la voz. Creo que este pequeño texto aquí salvado empezó a representar un poco eso.

Cuando contemplo Praga,
y lo hago constantemente
con el aliento entrecortado
porque la amo,
vuelvo mi mente hacia Dios,
dondequiera que esté,
más allá de la niebla sideral
o apenas detrás de ese biombo apolillado,
para agradecerle el haberme concedido
este magnífico lugar para que yo viva.
Así pues, sea despellejado vivo
quien ponga sus manos sobre esta ciudad.
No importa quién sea,
no importa cuán dulcemente
toque su flauta.

JAROSLAV SEIFERT


Rescatando Letras

Se ha dicho muchas veces que el artista es un doliente. Alguien que tiene que sufrir, padecer, haber vivido cosas extraordinarias o pasado por situaciones límite para poder reflejar todo eso en su arte. Parece que de eso se trata. Y esto más allá de que en muchas ocasiones, a veces demasiadas e injustas, la vida de esos artistas haya sido un sufrimiento, tanto físico cuanto mental o existencial. Y más allá inclusive de que esos golpes de la vida hayan provocado no pocas obras maestras. Pero en realidad, hoy sabemos que el imaginario social, si es que existe tal cosa, ha exagerado aquello que puede ser definido con un simple sintagma: tener una particular sensibilidad.
Cuando acometí la lectura de la poeta convocada hoy por el recuerdo, lo hice con ese prejuicio, con esa valoración previa. A pesar de ello, conseguí atesorar unos buenos puñados de versos en donde puede apreciarse todo ese peregrinar y sus resultados artísticos.

POEMA 3
Voces, rumores, sombras, cantos de ahogados: no sé si son signos o una tortura. Alguien demora en el jardín el paso del tiempo. Y las criaturas del otoño abandonadas al silencio.
Yo estaba predestinada a nombrar las cosas con nombres esenciales. Yo ya no existo y lo sé; lo que no sé es qué vive en lugar mío. Pierdo la razón si hablo, pierdo los años si callo. Un viento violento arrasó con todo. Y no haber podido hablar por todos aquellos que olvidaron el canto.
ALEJANDRA PIZARNIK


Rescatando Letras

Ya había leído la olvidable incitación nerudiana al nixonicidio y los poemas no amorosos de Cardenal, de moda por aquellas eras espaciales, nucleares, revoltosas y demasiado mortales. Seguía en el mundo el debate por el arte comprometido, discusión que replicábamos torpemente en el barrio con una amiga que luego rumbeó para Filosofía y Letras.
Si bien el presente escrito no es tan contemporáneo, creo que plantea el tema con un logrado equilibrio: más allá del horror, de la opresión y del atropello que forman parte ineludible de nuestra volátil existencia, no falta el lugar para lo inasible y lo perenne que, obviamente, también llevan su carga de fragilidad.

LA VELETA Y LA ANTENA
La veleta se mueve a impulso de los vientos
buscando en vano un quinto horizonte perdido.
Guía a las golondrinas, al linyera, a los sueños
que extraviaron el rumbo.
Guía a los mochileros.

La antena capta el gran rumor del mundo
y en su fino esqueleto cabe toda la historia.
Guía a los guerreros.

La fantasía es como una veleta
y es como una antena la conciencia del hombre.
Amo a las dos. Las dos en mi tejado
vibran como una rosa.

Raúl González Tuñón


Rescatando Letras

Me dedicó este texto unos días antes de terminar mi sexto año de la secundaria. Durante el transcurso de aquel ciclo final, yo la había ido impresionando con la mención de mis lecturas y con mis comentarios respecto a lo que se decía en clase. Ella me hacía un par de preguntas y con eso me alcanzaba para aprobar las lecciones orales. Obviamente, fue mi profesora de Literatura Argentina. Tardé muchos años en entender el porqué de ese poema, en darme cuenta de qué había visto en mí, qué intuyó acerca de mis posibilidades, qué quiso empujar con ese gesto. Yo, por supuesto, seguí por otro camino, aunque luego intentara una y otra vez, sin constancia ni convicción, recorrerlo. Ella sabía lo que yo ya sabía pero no había aprendido. Eso que dice aquella canción del rock nacional de los sesenta: de nada sirve escaparse de uno mismo.

LA VIDA SENCILLA

Llamar al pan el pan y que aparezca
sobre el mantel el pan de cada día,
darle al sudor lo suyo y darle al sueño
y al breve paraíso y al infierno
y al cuerpo y al minuto lo que piden;
reír como el mar ríe, el viento ríe,
sin que la risa suene a vidrios rotos;
beber y en la embriaguez asir la vida,
su plenitud redonda y fugitiva;
bailar el baile sin perder el paso
y dormir junto a un cuerpo luminoso
que es sol que se extiende en una playa;
tocar la mano de un desconocido
en un día de piedra y agonía
y que esa mano tenga la firmeza
que no tuvo la mano del amigo;
probar la soledad sin que el vinagre
haga torcer mi boca, ni repita
mis muecas el espejo, ni el silencio
se erice con dientes que rechinan;
estas cuatro paredes –papel, yeso,
alfombra rala y foco amarillento-
no son aún el prometido infierno;
que no me duela más aquel deseo
helado por el miedo, llaga fría,
quemadura de labios no besados:
el agua clara nunca se detiene
y hay frutas que se caen de maduras;
en unos ojos descubrir el cielo,
el mismo en que de niño me perdía,
y volver a perderme en esos ojos;
saber partir el pan y repartirlo,
el pan de una verdad común a todos,
verdad de pan que a todos nos sustenta,
por cuya levadura soy un hombre,
un semejante entre mis semejantes;
pelear por la vida de los vivos,
dar la vida a los vivos, a la vida,
y enterrar a los muertos y olvidarlos
como la tierra los olvida: en frutos…
y que a la hora de mi muerte logre
morir como los hombres y me alcance
el perdón y la vida perdurable
del polvo, de los frutos, y del polvo.

OCTAVIO PAZ


Rescatando Letras

Parece que el poeta no puede escapar de su tema. Esto es, mencionar, explícitamente o no, tanto el hecho de escribir cuanto la ceremonia de poetizar. La mayor parte de las veces, haciendo referencia a los sinsabores y a las alegrías del acto creativo. No se puede eludir el decir todo eso con un lenguaje especial, ese de las metáforas, de las licencias que te da el inmenso idioma, con los riesgos que te permite la imaginación y, sobre todo, con la necesidad impostergable de expresarte de alguna manera distinta y original. Más allá de que se pueda llegar a seguro puerto.
Esto fue lo que encontré cuando me tropecé por casualidad con el soneto que hoy traigo.

ORIGEN
Sé que naces, poema, porque dueles,
-nada que no fue lágrima es pasado-
ya lo saben mi frente y mi costado
y lo sabrán tus alas cuando vueles.

La sangre que remonta tus niveles
es sangre fiel que sobre mí ha girado,
la sangre del testigo desvelado
que soñó con espigas y laureles.

Cifra de amor, poema enamorado,
tu origen fue un consuelo nunca hallado
para que sin consuelo te consueles.

Bien lo saben mi frente y mi costado,
nada que no fue lágrima es pasado,
yo que sé que naciste porque dueles.

AMÉRICO CALÍ


Cuentos de tranco corto

Había escuchado desde niña a su madre y a su abuela susurrar al respecto. Si bien algo sospechaba, mucho no entendía. Sólo cuando empezó a crecer pudo ir juntando cabos. Un buen día, creyó tener también condiciones. Y como había aprendido que siempre hay que actualizarse, se decidió. Pero pasó que con el mayor esfuerzo mágico que pudo hacer, apenas consiguió levantarla del suelo. “Son muy pesadas, es imposible volar”, se dijo.
En realidad, todavía le faltaba comprender que las aspiradoras definitivamente no tienen el eterno encanto propio de lo tradicional, y sin eso, no hay relato que resista por más renovado que sea.


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