Rescatando Letras

Fue y sigue siendo para mí una muestra de poema total. Ese que abarca los matices de la existencia transformándolos en categorías que van más allá de la misma existencia. Pero intentando desentrañar de dónde vienen. A través del uso ex profeso de palabras que representan duda, incertidumbre, temor, pero también de otras que traen consigo ilusión, celebración, porvenir; por la utilización exagerada de adverbios cargando el énfasis en lo sencillo, que tantas veces se nos olvida, que demasiadas veces no vemos ni valoramos. O sea, la totalidad. La experiencia vital resumida, compendiada y sentenciada en un puñado de versos que intentan por todos lados escapar para cumplir con lo suyo.

SIGNIFICA SOMBRAS
Qué esperanza considerar, qué presagio puro,
qué definitivo beso enterrar en el corazón,
someter en los orígenes del desamparo y la inteligencia,
suave y seguro sobre las aguas eternamente turbadas?

Qué vitales, rápidas alas de un nuevo ángel de sueños
instalar en mis hombros dormidos para seguridad perpetua,
de tal manera que el camino entre las estrellas de la muerte
sea un violento vuelo comenzado desde hace muchos días y meses y siglos?

Tal vez la debilidad natural de los seres recelosos y ansiosos
busca de súbito permanencia en el tiempo y límites en la tierra,
tal vez las fatigas y las edades acumuladas implacablemente
se extienden como la ola lunar de un océano recién creado
sobre litorales y tierras angustiosamente desiertas.

Ay, que lo que soy siga existiendo y cesando de existir,
y que mi obediencia se ordene con tales condiciones de hierro
que el temblor de las muertes y de los nacimientos no conmueva
el profundo sitio que quiero reservar para mí eternamente.

Sea, pues, lo que soy, en alguna parte y en todo tiempo,
establecido y asegurado y ardiente testigo,
cuidadosamente destruyéndose y preservándose incesantemente,
evidentemente empeñado en su deber original.

PABLO NERUDA


Rescatando Letras

Nos estábamos arrimando a ese movimiento que creía posible la paz, el amor y el consecuente entendimiento de los pueblos. Eso lo expresaba, obviamente, una juventud que con arrolladora frescura parecía que podía contra todos los poderes del mundo. Y uno de los vehículos era el arte. Específicamente, la música. Era imprescindible pues, saber qué decía. Porque esas letras estaban escritas en otro idioma. Ya habíamos hecho la experiencia con Los Beatles. Así es que, con cosquilleante curiosidad, bastante de atrevimiento y Appleton Cuyas mediante, la emprendimos con la traducción. Se había dicho que su obra era indescifrable. Lo llano del lenguaje y de los términos que encontramos, la casi nula dificultad para hallar la palabra correcta, la similitud de expresiones en nuestra propia habla, nos terminaron de confirmar lo que sospechábamos: que más allá de los acordes había poesía, una muy particular, casi escondida, pero fácil de descubrir.
En un siglo muy distinto a aquél, el reconocimiento a todo eso llegó por intermedio de un polémico y todavía prestigioso premio. La canción en su honor durante la ceremonia de entrega del galardón fue la aquí rescatada.

Oh, ¿dónde has estado, mi querido hijo de ojos azules?
¿Dónde has estado, mi joven querido?
He tropezado con la ladera de doce brumosas montañas,
he andado y me he arrastrado en seis autopistas curvadas,
he andado en medio de siete bosques sombríos,
he estado delante de una docena de océanos muertos,
me he adentrado diez mil millas en la boca de un cementerio;
y es dura, es dura, es dura, es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

Oh, ¿y qué viste, mi hijo de ojos azules?
Oh, ¿qué viste, mi joven querido?
Vi lobos salvajes alrededor de un recién nacido,
vi una autopista de diamantes que nadie usaba,
vi una rama negra goteando sangre todavía fresca,
vi una habitación llena de hombres cuyos martillos sangraban,
vi una blanca escalera cubierta de agua,
vi diez mil oradores cuyas lenguas estaban rotas,
vi pistolas y espadas en manos de niños;
y es dura, es dura, es dura, y es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

¿Y qué oíste, mi hijo de ojos azules?
¿Y qué oíste, mi joven querido?
Oí el sonido de un trueno, que rugió sin aviso,
oí el bramar de una ola que pudiera anegar el mundo entero,
oí cien tamborileros cuyas manos ardían,
oí diez mil susurros y nadie escuchando,
oí a una persona morir de hambre, oí a mucha gente reír,
oí la canción de un poeta que moría en la cuneta,
oí el sonido de un payaso que lloraba en el callejón;
y es dura, es dura, es dura, es muy dura,
es dura la lluvia que va a caer.

Oh, ¿a quién encontraste, mi hijo de ojos azules?
¿Y a quién encontraste, mi joven querido?
Encontré un niño pequeño junto a un poni muerto,
encontré un hombre blanco que paseaba un perro negro,
encontré una mujer joven cuyo cuerpo estaba ardiendo,
encontré a una chica que me dio un arco iris,
encontré a un hombre que estaba herido de amor,
encontré a otro, que estaba herido de odio;
y es dura, es dura, es dura, es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

¿Y ahora qué harás, mi hijo preferido?
¿Y ahora qué harás, mi joven querido?

Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer,
caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro,
donde la gente es mucha y sus manos están vacías,
donde el veneno contamina sus aguas,
donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión,
y la cara del verdugo está siempre bien escondida,
donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas,
donde el negro es el color, y ninguno el número,
y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré,
y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo,
luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme,
pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla;
y es dura, es dura, es dura, es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

BOB DYLAN


Cuentos de tranco corto

Ha sacado la silla al patio. Su padre, quietecito en ella, se ha dejado llevar. Es ya más de medianoche y el clima es aún agradable.
—Fijate allá —dice señalando con el dedo hacia arriba—. Está Canopo. Venus es la que asoma detrás de la precordillera. Betelgoso es la de acá a la derecha. Sirio es la grande de al lado. ¿Te acordás?
El silencio que sigue permite apreciar mejor el espectáculo. La pasión compartida por las estrellas y por el misterio de la vida en el universo. De pronto, la quietud se interrumpe con un ronco murmullo.
—¡Mirá, mirá!… Algo se mueve… ¡Es un ovni, es un ovni!… ¡Viste, me vienen a buscar…!
Iba a recordarle que él mismo le había enseñado de niño que eran satélites, pero se limita a responderle:
—Está pasando de largo… Tal vez mañana, papá… Entremos, que se está poniendo frío…


Rescatando Letras

Apareció en el ya extinto Diario Mendoza. Para ser más preciso, en el suplemento cultural en formato sábana que se publicaba los domingos. Muchos de los contenidos allí albergados eran comentarios de las juntadas que se hacían en el bar con billares ubicado enfrente de ese matutino. Todo un ámbito bohemio que compartía con otros cafés cercanos y el de la calle Córdoba y San Martín. Lugares frecuentados por viejos periodistas y jóvenes poetas de aquellos lejanos días. Esos vates que parecía que improvisaban con pomposos recitados, y en realidad estaban plagiando de la forma más arriesgada e impune: confiando en que la totalidad de los concurrentes no hubiera realmente leído todo lo que decían haber leído.
Volviendo al escrito que hoy le quito al penumbroso desdén de la memoria, diré que me impactó esa forma de transmitir una sensación muy común a todo hombre en su condición de padre: el miedo. Pero activado aquí por el filtro producto de la hermandad de lo poético con lo filosófico.

SI MI HIJA ME PREGUNTASE…

Si mi hija me preguntase
por el sentido de la ilusión,
yo le contestaría que el hombre tiene
vocación de pájaro.
Si buscara el rumbo del viento,
yo le hablaría de los peregrinos.
Y si alguna vez
descubriera la tristeza
en la estrella de la mañana,
yo guardaría silencio por un día.

Si mi hija viera amor
en los cuatro puntos cardinales,
le abriría yo los ojos al dolor que crece en todas partes.
Si fuese lastimada tan sólo por una soledad,
le contaría la historia de los olvidados.
Y luego,
si llorase por los males del mundo,
yo guardaría silencio por un día.

Si mi hija viera sólo el odio,
si no tuviera el asombro de ver brotar el amor
en los cuatro puntos cardinales,
si no me viese reflejado en cada hombre,
si en cada mujer no recordase su madre,
yo guardaría silencio por un día.

Pero,
si perdiera la fe,
si a pesar de todo no guardara una ilusión,
si se le escapara el viento y no desesperara,
si en la estrella de la mañana
no encontrase la tristeza,
gravemente
yo guardaría silencio por dos días.

CARLOS LEVY


Rescatando Letras

Fue el segundo poema que recuerdo dediqué. Manuscrito y ensobrado. En este caso, ya era un poco más grandecito que en la similar ocasión anterior. De la destinataria sólo diré que coincidentemente llevaba el mismo nombre que la primera y que tenía unos pocos años menos que yo. La mencionada pieza literaria se encontraba perdida en una destartalada antología destinada al olvido. Mi urgencia la transformó así nuevamente en una luminosa arma lírica. Muchos han afirmado que este es el hado que hace danzar las cosas del arte, del que no pueden escapar quienes no tienen más remedio que llevar adelante la insegura tarea. Cosa que quedó confirmada por el resultado de la susodicha dedicatoria.

Como un río que empezara
a amar su viaje,
un día te encontraste
desvestida en mis brazos.

Y sólo pensé entonces
en cubrirte de follaje,
de manos desnudas y de hojas
para que no tuvieses frío.

Pues yo no podía amarte
sino a través de tus aguas vivas,
cuerpo de mujer un instante
suspendido entre mis dedos.
¿Y podría yo haber puesto
sobre tantas piedras cálidas
una mirada que no fuese
más que un puro deseo?

Virgen respondes mejor
a la oscura sentencia
que mi corazón hace pesar
dulcemente en tu corazón.

Y si siento el tormento
de tu metamorfosis
es porque necesito amar
a tu amor antes que a ti.

RENÉ-GUY CADOU


Cuentos de tranco corto

En el camino de regreso a casa, vi un arcoíris. Acababa de llover, las nubes se retiraban lentamente y el sol se apuraba en ocupar las pocas horas que le quedaban. Apenas llegué, olvidé de comentarlo. En medio de la intrascendente charla, alguien me pregunta si he visto lo que ha sucedido por la tarde. Digo que sí y sumo varios calificativos elogiosos, sólo separados por comas. Rápidamente, comienzan a increparme. ¡Cómo podía estar de acuerdo con esa barbaridad, con esa sarta de insensateces! Sorprendido, creo no haber sido claro y busco otras palabras, otras expresiones. Tal vez, he sonado muy pueril, muy inocente, muy ingenuo… ¡Sos un insensible! ¡Qué intolerante!, continúan espetándome.
Tardé en darme cuenta de que no estábamos refiriéndonos a lo mismo.


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