Aprendimos, en lejanas jornadas escolares, que la literatura no permite las repeticiones. Salvo que se usen algunas de las licencias poéticas, en donde eso está admitido, no es de buenos autores utilizar las mismas palabras para decir lo mismo. Porque eso habla de pobreza de recursos, de escasez de vocabulario.
El caso que aquí os traigo es uno de los buenos ejemplos de lo contrario. Se trata de un poema y fue rescatado para mí primero por la música. Del álbum escuchado hasta el hartazgo de un conocido y eterno juglar. Ni el soneto ni el autor del mismo habían sido invitados a darse una vueltita por el colegio. El poeta ni siquiera figuraba en el bendito Manual de Literatura Hispanoamericana.
Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!
MIGUEL HERNÁNDEZ
